Trabajaron sin descanso, ahorraron cada peso, soportaron desvelos, nostalgias y años de ausencia.
Antes de partir, abrazaron a su madre con fuerza.
—Mamá, vamos a volver.
—Y cuando lo logremos, tú vas a ser la primera en subir al avión con nosotros.
Doña Teresa sonrió con los ojos húmedos y les acarició la cara como cuando todavía eran niños.
—No se preocupen por mí. Nomás cuídense mucho. Lo único que quiero es que estén vivos y estén bien.
Y desde entonces, ella esperó.
Esperó en silencio.
Esperó entre oraciones.
Esperó entre domingos vacíos, fechas especiales sin abrazos y noches en las que se dormía mirando el techo, preguntándole a Dios cuándo volvería a ver a sus muchachos.
Veinte años.
Veinte años de paciencia.
Veinte años de fe.
EL DÍA DEL REGRESO
Una mañana, cuando el sol apenas comenzaba a iluminar la calle, tocaron a la puerta de su pequeña casa.
Doña Teresa fue a abrir sin imaginar nada.
Y entonces se quedó inmóvil.
Frente a ella había dos hombres altos, rectos, elegantes, vestidos con uniforme de piloto.
Llevaban la mirada firme, el rostro maduro y una emoción temblando en los ojos.
Pero había algo en esas sonrisas que ella reconocería aunque pasaran cien años.
—Mamá… —dijo Emiliano con la voz quebrada—. Ya volvimos.
Doña Teresa se llevó las manos a la boca.
Los miró como si no pudiera creerlo.
Como si temiera que fueran un sueño.
—¿Emiliano?… ¿Julián?…
Ambos asintieron al mismo tiempo.
En sus uniformes se veía el emblema de una aerolínea mexicana.
Traían flores en las manos.
Y en los ojos llevaban las mismas lágrimas que ella.
Doña Teresa se lanzó a abrazarlos y empezó a llorar con todo lo que había guardado durante dos décadas.
—Hijos… hijos míos… yo sabía que iban a volver… pero no imaginé verlos así…
Julián le besó la frente.
—Mamá, ¿te acuerdas que una vez dijiste que te gustaría subirte a un avión aunque fuera una sola vez en la vida?
Ella asintió, sin poder hablar.
Entonces Emiliano sonrió.
—Pues hoy no vas a subir como cualquier pasajera. Hoy vas a subir como la persona más importante de nuestro vuelo.
EL DÍA DEL MILAGRO
Al día siguiente, sus hijos la llevaron al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.
Doña Teresa iba nerviosa.
Nunca había estado en un aeropuerto tan grande.
Todo le parecía enorme, brillante, imposible.