Caminaba despacio, tomada de los brazos de sus hijos, como si todavía no entendiera que aquello era real.
Cuando entraron al avión, varios pasajeros voltearon a mirarlos.
No era una escena cualquiera.
Había dos pilotos sosteniendo con ternura a una mujer mayor, humilde, vestida con su mejor blusa, peinada con esmero, con los ojos llenos de asombro.
Ya dentro de la aeronave, Emiliano tomó el micrófono.
Su voz sonó firme, pero cargada de emoción.
—Señoras y señores pasajeros, hoy queremos pedirles un minuto de atención. La mujer que viene con nosotros no es solamente nuestra madre. Es la razón por la que estamos aquí.
—Ella vendió todo lo que tenía para que nosotros pudiéramos estudiar. Aguantó hambre, cansancio y soledad para que un día sus hijos aprendieran a volar. Cada despegue que hacemos se lo debemos a ella.
El silencio llenó la cabina.
Julián se colocó junto a su madre y continuó:
—Hoy, la mujer más admirable de este avión no es una famosa ni una millonaria. Es una madre mexicana que se quedó sin nada para darnos un futuro. Y este vuelo está dedicado a ella.
Los pasajeros comenzaron a aplaudir.
Unos sonrieron conmovidos.
Otros se secaron las lágrimas sin disimular.
Y Doña Teresa, temblando, tomó las manos de sus hijos como si quisiera asegurarse de que de verdad estaban allí.
—Hijitos… yo nunca me arrepentí de haberlo dado todo por ustedes… —dijo entre sollozos—.
—Porque ahora entiendo que nunca fui pobre. Mi riqueza siempre fueron ustedes.
EL VUELO DEL AMOR
Después del viaje, Emiliano y Julián no la llevaron de regreso al cuarto rentado donde había pasado tantos años.
La subieron a un coche y manejaron varias horas hasta llegar a una zona tranquila, hermosa, rodeada de aire limpio y montañas, en las afueras de Valle de Bravo.
Frente a ellos apareció una casa cálida, de paredes claras, con jardín, flores en la entrada y una terraza desde donde se veía el atardecer caer sobre el paisaje.
Doña Teresa se quedó paralizada.