— Tengo pruebas.
Claudia hojeó los documentos y silbó entre dientes:
— Entonces está acabado. En el sentido más legal posible.
Diez días después, Diego recibió una citación judicial. Estaba en su camioneta frente a la casa de Carolina, leyendo sin creer lo que veía.
— ¿Qué embargo es este? ¡Si ya estaba todo arreglado! ¡Ella firmó! —gritó al teléfono.
La voz del agente judicial sonó seca:
— El acuerdo amistoso no anula la responsabilidad por uso indebido de fondos. La asistencia es obligatoria.
Diego tiró el móvil al asiento y marcó el número de su madre.
— ¡Mamá, me demandó! ¡Exige que devuelva todos los créditos! Dice que los usé para mí.
Doña Guadalupe Hernández suspiró con fuerza:
— ¡Eso no puede ser! ¡No tiene dinero para abogados, es una simple contadora!
— Puede, mamá. Lo tiene todo: transferencias, fotos, estados de cuenta… ¡todo!
— Entonces presiona. Dile que ella sabía que eran gastos comunes.
— Ya no sirve —Diego apretó el volante—. Ella lo planeó todo.
Al día siguiente, Guadalupe llamó a María Fernanda. Su voz temblaba de furia, aunque mantenía un tono de falsa dignidad:
— María Fernanda, tenemos que hablar. No entiendes lo que estás haciendo. Diego es mi hijo, ¡no dejaré que lo destruyas!
María Fernanda activó el altavoz y asintió a Claudia, que estaba frente a ella. Esta pulsó el grabador.
— Hable, señora Guadalupe. La escucho. Y grabo.
Silencio. Luego una risa seca, al borde de la histeria:
— ¿Crees que eres lista? ¿Que lo has calculado todo? Te detendremos igual que detuvimos a tu padre.
María Fernanda sonrió:
— ¿Ah, con el mismo chantaje fiscal? Tengo una carta. Y estoy lista para llevarla a la fiscalía, junto con esta grabación.
Silencio. Luego un tono corto.
Claudia apagó el grabador y miró a María Fernanda:
— No volverá a llamar.
— Lo sé.
Pero en otra parte de la ciudad, la historia acababa de cambiar de lado.
Carolina Salvatierra se enteró del juicio por Diego…