Parte 2…

Carolina Salvatierra no durmió en toda la noche. Su vida perfectamente calculada se desmoronaba: cuentas bloqueadas, Hacienda pidiendo explicaciones, y de Diego Hernández emanaba desesperación y whisky. No había ido a su casa por primera vez en seis meses; solo envió un mensaje corto: «No te conectes. Lo arreglaré todo». Pero a la mañana siguiente estaba debajo de su ventana, masticando chicle de menta sin lograr disimular el olor del miedo, con las llaves del coche temblando entre los dedos.
— Carolina, súbete. Tenemos que irnos.
— ¿A dónde? —ella lo miraba, sujetando el albornoz contra el pecho—. ¡Tienes audiencia hoy!
— ¡Al diablo con el juicio, no dejaré que me encierren! —rugió furioso—. Conseguiré el dinero, solo necesito tiempo.
Ella negó con la cabeza:
— Si huyes, todo se acabará.
Él golpeó el volante, estalló… y al instante se derrumbó, derrotado.
Mientras tanto, María Fernanda López y Claudia Ramírez estaban en su pequeño salón, lleno de cajas con moldes y papeles de la panadería. El plan estaba listo.
— Después de la vista de mañana lanzamos el comunicado de prensa —dijo Claudia, con voz baja y firme—. La historia causará impacto. Que la gente sepa lo que hizo.
— No por venganza —añadió María Fernanda—. Por la verdad.
Claudia sonrió levemente:
— A veces es lo mismo.
En el juicio, Diego estaba encorvado, aplastado por el peso de su propia mentira. Su abogado balbuceaba sobre “malentendidos”, “presión emocional” y “dificultades temporales”, pero los documentos de la carpeta de María Fernanda golpeaban más fuerte que cualquier palabra.