PARTE 3
A las 6 de la mañana ya tenía una libreta llena de nombres, cuentas y fechas.
Rodrigo había cometido el error que cometen todos los hombres que se sienten intocables: creer que el miedo de una mujer vale más que la paciencia de otra.
Octavio llegó al hospital con una carpeta gruesa y un café que no probé.
—Esto está peor de lo que pensé —me dijo mientras dejaba los documentos sobre la mesa—. Hay movimientos por millones. Empresas abiertas y cerradas en menos de un año. Y alguien está vaciando cuentas desde anoche.
—Rodrigo está limpiando todo —respondí.
Octavio asintió.
—Y hay otra cosa. Un contador de una de las empresas quiere hablar. Dice que tiene copias de transferencias y audios.
Lo citamos esa misma tarde en una cafetería lejos del hospital. Se llamaba Esteban Salgado, tendría unos 30 años y parecía un hombre que llevaba semanas sin dormir.
Ni siquiera pidió café.
—Yo no sabía lo de su hija —dijo apenas sentarse—. Pensé que todos estaban metidos.
Saqué una fotografía de Valeria en la cama del hospital y la puse frente a él.
—Así terminó por confiar en Rodrigo.
El hombre tragó saliva.
Nos entregó una memoria USB.
—Ahí hay contratos falsificados, cuentas espejo y grabaciones. Rodrigo decía que si todo explotaba, “la esposa depresiva” iba a cargar con la culpa porque nadie investiga a un hombre exitoso cuando tiene una mujer “inestable” al lado.
Sentí ganas de romperle la cara aunque no estuviera presente.
Pero seguí escuchando.
—También hay videos de cámaras del despacho —añadió Esteban—. Guarda copias de todo porque no confía en nadie.
Octavio revisó rápido algunos archivos desde su laptop. Su expresión cambió de inmediato.
—Teresa… tienes que ver esto.
Era un video del despacho de Rodrigo.
La fecha era de tres semanas antes.
Valeria estaba sentada frente a un escritorio, llorando. Rodrigo caminaba detrás de ella con varios papeles en la mano.
—Firma —le ordenaba.
—No entiendo qué es esto…
Rodrigo la sujetó del cabello y acercó su cara a los documentos.
—No necesitas entender. Necesitas obedecer.
Después vino el golpe.
Seco.
Directo al rostro.
Tuve que apartar la mirada porque, por un segundo, olvidé que estaba en un lugar público y casi saco la pistola que ya no tenía.
—Con esto lo destruimos —dijo Octavio.
Pero Rodrigo todavía no había terminado.
Esa noche, mientras regresaba al hospital, noté una camioneta negra siguiéndome.
Tres vueltas.
Misma distancia.
Mismo vehículo.