y cuando desperté, ya me habían convertido en una mala madre.
Nadie preguntó cuánto tiempo llevaba sin dormir.
Nadie quiso ver que estaba a punto de desaparecer…
ni quién iba a quedarse cuando yo ya no pudiera más.
...
Ese día, mi esposo y su familia se fueron a Europa… con mis ahorros.
Y yo solo sabía una cosa:
si no dormía, algo dentro de mí se iba a romper.
No metafóricamente.
De verdad.
Esa mañana llegué a casa de mi mamá a las siete. No recuerdo el camino completo. Solo sé que tuve que estacionarme dos veces porque mis manos temblaban sobre el volante y la vista se me nublaba. No estaba llorando. Estaba vacía.
Traía al bebé en brazos y la pañalera mal cerrada, como si hasta el cierre estuviera agotado de sostener mi desastre.
Cuando mi mamá abrió la puerta, lo primero que miró fue al niño.
—¿Está bien?
—Él sí —respondí—. Yo no.
No tuve fuerzas para adornarlo.
—Necesito dormir. No unas horas. Dormir de verdad. Si no lo hago, me voy a quebrar.
Me miró como si intentara decidir si exageraba.
—Pero es muy pequeño… ¿y si llora? ¿y si tiene hambre?
Sentí que algo me ardía detrás de los ojos.
—Ya dejó leche. Si llora… que llore contigo un rato. Porque conmigo lleva llorando un mes entero. Y yo ya no puedo más.
La palabra “no puedo” salió rota.
Mi mamá suspiró.
—Hija, todas pasamos por eso…
Dejé a mi hijo con mi madre para poder dormir 14 horas…Au