—No necesito que me digas que tú pudiste —la interrumpí—. Necesito que me ayudes.
Eso fue todo.
Le entregué al bebé con los brazos entumecidos. No esperé respuesta. Si me quedaba un segundo más, me arrepentía.
Me fui.
En casa no me quité los zapatos. No cerré bien las cortinas. Apenas dejé el celular en silencio y caí en la cama.
No recuerdo el momento exacto en que me dormí.
Solo recuerdo despertar.
Catorce horas después.
Por un segundo no supe dónde estaba. Sentí el cuerpo extraño, ligero… y luego el golpe.
El teléfono.
Sesenta y tres notificaciones.
El chat familiar explotado.
Mi suegra preguntando dónde estaba. Mi hermana diciendo que mamá estaba preocupada. Una conocida insinuando que un recién nacido necesita a su madre. Hasta la pediatra escribió mencionando “posible depresión posparto”.
Depresión.
Irresponsable.
Abandono.
Nadie escribió “agotamiento”.
Nadie escribió “límite”.
Nadie preguntó si yo estaba viva por dentro.
Mientras yo dormía por primera vez en semanas… ellos ya habían decidido que había hecho algo imperdonable.
Miré la pantalla sin abrir nada.
Y entonces me atravesó el miedo.
El bebé.
Mi hijo.
¿Había llorado desesperado? ¿Me había necesitado? ¿Mi mamá habría podido con él?
La culpa siempre llega cuando el cansancio se retira.
Dejé a mi hijo con mi madre para poder dormir 14 horas…Au