Parte 2
No crucé el portón.
Frené antes de entrar.
El guardia me miró extraño desde su caseta, esperando que avanzara como siempre. Pero ese día no era como siempre. Ese día ya no podía hacer como si no hubiera visto nada.
Respiré hondo.
“Mateo… vamos a ir a un lugar seguro, ¿sí?”
Se tensó en el asiento.
“¿Me van a castigar?”
Negué con la cabeza.
“No. Nadie va a volver a hacerte daño.”
No parecía convencido, pero tampoco se resistió. Eso fue lo que más me dolió: que un niño de ocho años ya no esperaba que los adultos hicieran lo correcto.
Di la vuelta.
El guardia salió a la mitad del camino.
“¡Oiga! ¡La casa está ahí!”
No respondí. Apreté el volante y seguí.
Saqué el teléfono con una mano temblorosa. Marqué al único contacto que sabía que no me iba a fallar: Lucía, mi hermana. Trabajadora social.
Contestó al segundo tono.
“Rafa, ¿todo bien?”
“No. Necesito ayuda. Es urgente.”
Le conté lo mínimo. Lo suficiente.
Silencio al otro lado.