La tarde que recogí a Mateo Herrera de la escuela, se inclinó hacia mí en el asiento trasero y me susurró: “Señor Rafael…

Luego su voz cambió. Se volvió firme, rápida.

“Llévalo directo al hospital. No a cualquiera, al San Gabriel. Yo aviso. Y Rafa… no lo regreses.”

Colgué.

Mateo me miraba por el retrovisor.

“¿Estoy en problemas?”

Tragué saliva.

“No. Por primera vez, no.”

El trayecto fue corto, pero se sintió eterno. Cada semáforo, cada coche, cada segundo… pesaba. Yo solo pensaba en esas marcas en su espalda. En cada noche que nadie vio. En cada vez que él pensó que era su culpa.

Cuando llegamos, ya nos estaban esperando.

Una doctora se acercó de inmediato. No hizo preguntas innecesarias. Solo vio a Mateo… y entendió.

“Ven conmigo, campeón”, le dijo con una suavidad que yo no había escuchado en mucho tiempo.

Mateo dudó.

Me miró.

“¿Te vas a quedar?”

Me agaché a su altura.

“Hasta que ya no me necesites.”

Asintió despacio y tomó la mano de la doctora.

Cuando desapareció por el pasillo, sentí que las piernas me fallaban.

Pero no había terminado.

Minutos después, llegaron dos personas más. Trajes formales. Miradas serias. No eran médicos.

Eran de protección infantil.