La tarde que recogí a Mateo Herrera de la escuela, se inclinó hacia mí en el asiento trasero y me susurró: “Señor Rafael…

Y detrás de ellos… la policía.

Uno de los agentes se acercó.

“¿Usted es Rafael?”

Asentí.

“Necesitamos que nos cuente todo desde el principio.”

Miré hacia el pasillo por donde se había ido Mateo.

Y lo hice.

Todo.

Sin omitir nada.

Porque el silencio había durado demasiado.