El silencio que siguió fue distinto al de antes.
Este no protegía a nadie.
Este exigía consecuencias.
Valeria Castillo fue detenida al día siguiente.
Ya no había sonrisas para las cámaras. No había discursos elegantes. Solo preguntas. Muchas preguntas. Y pruebas que hablaban por sí solas.
La casa, esa mansión perfecta, quedó vacía de apariencias.
Y llena de verdad.
A mí me llamaron a declarar varias veces. No fue fácil. Había presión. Había miradas. Había gente que prefería que esto se enterrara.
Pero ya no.
No después de ver esa espalda.
Mateo se quedó en observación varios días. Luego pasó a un programa de protección. Terapia. Cuidado real. Paciencia.
Un día fui a visitarlo.
Estaba sentado, dibujando.
Cuando me vio, sonrió.
Una sonrisa pequeña… pero real.
“Ya no duele tanto”, me dijo.
Sentí algo en el pecho que no supe explicar.
“No debería haber dolido nunca.”
Se quedó pensando un momento.
“¿Vas a seguir viniendo?”