Mi yerno golpeó a mi hija en plena comida familiar y su hermano sonrió: “Ya era hora”… pero una llamada reveló el negocio oscuro que escondían

PARTE 3

La lluvia empezaba a caer sobre Coyoacán cuando vimos a Esteban en la cámara de seguridad. Estaba empapado, inmóvil frente al portón, con dos hombres detrás de él y una bolsa negra colgando de la mano derecha.

Teresa me agarró del brazo.

—No abras.

Pero Esteban sonrió hacia la cámara, como si supiera exactamente dónde estábamos mirando.

Valeria desenfundó su teléfono.

—Ya vienen unidades —dijo—. Nadie sale. Nadie entra.

Entonces sonó el timbre.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Mariana comenzó a temblar.

—Papá… esa bolsa…

—¿Qué tiene?

Ella tragó saliva.

—Rubén guardaba dinero así. Y armas.

El corazón me golpeó el pecho.

Esteban levantó la vista hacia la cámara y habló despacio, exagerando cada palabra para que pudiéramos leerle los labios:

“Tenemos que hablar.”

Uno de los hombres se movía nervioso. El otro no dejaba de mirar hacia la calle, vigilando.

Valeria apagó las luces de la sala.

—Arturo, ¿tienes otra salida?

—La cocina da al patio trasero.

—Bien. Si intentan entrar, sacamos primero a Mariana.

El timbre volvió a sonar, esta vez acompañado de golpes brutales sobre el portón.

—¡Señor Salgado! —gritó Esteban—. Esto todavía se puede arreglar.

—¡Lárgate de mi casa! —le respondí.

Él soltó una risa seca.

—Usted no entiende en lo que se metió.

Entonces abrió un poco la bolsa negra.

Y vi fajos de billetes.