Muchísimo dinero.
—Cincuenta mil ahora —gritó—. Y otros cincuenta cuando Mariana retire la denuncia.
Mariana rompió en llanto.
—Dios mío…
Valeria ni se inmutó.
—Eso es intento de soborno. Perfecto.
Sacó fotos desde la ventana.
Esteban dejó de sonreír.
—No jueguen conmigo —advirtió—. Rubén no está solo.
En ese momento escuchamos llantas frenando afuera.
Dos patrullas.
Y detrás de ellas, camionetas de la fiscalía.
Los hombres que acompañaban a Esteban echaron a correr.
Pero él no.
Él simplemente dejó la bolsa en el suelo y levantó las manos con una tranquilidad que me heló la sangre.
Como si estuviera seguro de que nada iba a pasarle.
Los agentes lo sometieron contra el piso.
Uno abrió la bolsa.
No solo había dinero.
También había documentos, credenciales falsas, teléfonos desechables y una libreta con nombres, números de pólizas y cantidades cobradas.
Valeria se agachó junto al material.
—Aquí está su contabilidad.
Esteban giró hacia Mariana mientras lo esposaban.
Y sonrió.
—Tu marido ya habló.
Mariana se quedó blanca.
—¿Qué significa eso?
Pero Esteban no respondió.
Solo se dejó subir a la patrulla sin borrar esa sonrisa horrible.
A las tres de la mañana, Valeria recibió una llamada.
Escuché apenas una frase:
—¿Cómo que desapareció?
Ella colgó y me miró.
—Rubén iba camino al reclusorio. La camioneta fue interceptada en Periférico. Dos vehículos cerraron el paso. Hubo disparos.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Rubén escapó?
—No. Se lo llevaron.
Mariana dejó caer la taza de té.
—¿Quién?
Valeria tardó unos segundos en responder.
—La misma gente para la que trabajaba.
El silencio fue peor que cualquier grito.
Porque todos entendimos lo mismo:
Rubén sabía demasiado.
Y ahora alguien quería asegurarse de que no hablara jamás.