Cuando revisé la cámara… sentí que algo no estaba bien.
Mi prometida estaba afuera. Susurrando:
“Quédense callados… o hoy no habrá cena”.
Frené de golpe.
Di la vuelta.
Regresé manejando rápido… con el corazón latiéndome con fuerza.
Pero cuando abrí esa puerta…
los niños no eran los únicos adentro…
y lo que encontré… lo cambió todo.
Cancelé mi viaje secreto… antes incluso de llegar a la terminal privada del aeropuerto de Toluca.
Mi nombre es Santiago Herrera. Aze
Tengo treinta y seis años.
Había ganado suficiente dinero con una empresa de software médico en Ciudad de México… como para comprar casas en las que apenas tenía tiempo de dormir.
Nada de eso importó…
en el instante en que escuché a mis trillizos de tres años llorando…
a través del altavoz de mi teléfono.
La alerta llegó desde una cámara…
que había instalado en el pasillo de arriba… dos semanas antes.
Me dije a mí mismo que era por seguridad.
La verdad… era más incómoda.
Últimamente… Mateo, Diego y Emiliano habían comenzado a ponerse nerviosos… cada vez que mi prometida, Valeria, alzaba la voz.
Mateo había dejado de cenar… a menos que yo mismo le diera de comer.
Diego se despertaba alterado por las noches.
Emiliano se aferraba a la niñera… y evitaba quedarse a solas con Valeria.
Cada vez que yo sacaba el tema…
ella se reía…
y lo atribuía a “una etapa”.
Yo iba a medio camino del aeropuerto…
para un viaje que había mantenido en secreto… porque quería sorprenderla.
Volaba a Valle de Guadalupe, en Baja California…
para cerrar la compra de un pequeño viñedo con hotel boutique…
que quería usar para nuestro fin de semana de boda.
Se suponía que sería algo romántico.
En cambio…
mi teléfono se iluminó… con una alerta de movimiento de la cámara.
Abrí la transmisión…
y subí el volumen.
Los niños estaban detrás de la puerta del cuarto infantil…