PARTE 1
Eran exactamente las 2 de la madrugada cuando Javier Cárdenas, un exitoso director de finanzas, se encontraba solo en su imponente oficina de Santa Fe, en la Ciudad de México. Mientras la ciudad entera dormía, él seguía revisando documentos, atrapado en esa cultura corporativa donde no dormir se presume como un trofeo. En su casa, ubicada en el exclusivo barrio de Jardines del Pedregal, lo esperaban su esposa Valeria, su pequeño bebé de 3 meses llamado Mateo, y su madre, Doña Leonor.
Leonor era una matriarca imponente, de esas mujeres de alta sociedad originarias de San Pedro Garza García, Monterrey, que controlaban todo a su alrededor con una sonrisa gélida. Se había mudado temporalmente a la capital bajo la excusa de ayudar con el recién nacido. Al principio, Javier lo consideró una verdadera bendición. Sin embargo, con el paso de las semanas, Valeria, quien antes era una mujer vibrante, alegre y una talentosa arquitecta, comenzó a marchitarse. Caminaba por su propia casa como un fantasma, con la mirada vacía y los hombros caídos, pidiendo perdón casi por existir.
“Es la depresión posparto, hijo”, le repetía Doña Leonor a Javier cada vez que él notaba algo raro. “Valeria es muy frágil, no tiene el temple para manejar una casa de este nivel ni las responsabilidades de una verdadera madre”.
Javier cometió el peor error de su vida: le creyó a su madre.
Pero había un detalle que lo atormentaba día y noche. Cada vez que Javier cruzaba la puerta para irse a trabajar, el bebé comenzaba a llorar de una forma desgarradora. No era el llanto normal de un niño con hambre; era un grito de pura angustia, como si el ambiente mismo de la casa se volviera irrespirable. Para calmar su propia ansiedad, 7 días atrás, Javier había comprado un hermoso alebrije de madera tallada traído de Oaxaca y, en su interior, ocultó 1 pequeña cámara de vigilancia. Su intención jamás fue espiar a su familia, sino entender el comportamiento de su hijo y protegerlos.
A las 2:14 de la mañana, el teléfono de Javier vibró sobre el escritorio de cristal. Era 1 alerta de movimiento proveniente de la aplicación del monitor.
Con los ojos cansados, Javier abrió el video en vivo. La pantalla de su celular le mostró la habitación del bebé, iluminada únicamente por 1 lámpara de luz cálida. Valeria estaba sentada en el suelo junto a la cuna, luciendo completamente demacrada, despeinada y con los ojos hinchados de tanto llorar, sosteniendo al pequeño Mateo contra su pecho. Parecía una mujer al borde del colapso total.
De pronto, la puerta de la habitación se abrió de golpe. No hubo ningún toque previo. Doña Leonor irrumpió en el cuarto con una expresión de furia que Javier jamás le había visto en sus 35 años de vida.
“¿Otra vez con tus dramas?”, siseó la mujer, con una voz venenosa que destilaba desprecio. “Vives del trabajo de mi hijo, comes de su dinero, te refugias bajo su techo, ¿y todavía tienes el descaro de hacerte la víctima?”.
Valeria no respondió ni una sola palabra. El miedo la paralizó por completo y solo atinó a abrazar a su bebé con más fuerza, intentando protegerlo con su propio cuerpo.
“Mateo está ardiendo en fiebre, Leonor. Por favor, necesito llamar al pediatra”, suplicó Valeria con un hilo de voz, temblando.
“¡Tú no vas a llamar a nadie, estúpida!”, gritó la madre de Javier, acercándose peligrosamente. “Si mi hijo realmente viera lo inútil que eres, ya te habría echado a la calle como a un perro”.
Javier sintió cómo el oxígeno abandonaba sus pulmones. El corazón le latía tan fuerte que le zumbaban los oídos. Pero la pesadilla apenas comenzaba.