A través de la pantalla, vio cómo la mujer que le dio la vida levantaba la mano, la enredaba brutalmente en el cabello de Valeria y tiraba de él con tanta fuerza que el cuello de su esposa se dobló hacia atrás en un ángulo doloroso. El bebé rompió en un llanto ensordecedor. Valeria no gritó. No intentó defenderse. Simplemente cerró los ojos y dejó caer las lágrimas, con la resignación de alguien que ha sido torturada durante tanto tiempo que ha olvidado cómo luchar.
Doña Leonor se inclinó sobre el rostro aterrorizado de Valeria y le susurró: “Hoy mismo le voy a demostrar a mi hijo que estás completamente desquiciada”.
Acto seguido, la anciana metió la mano en el bolsillo de su bata de seda y sacó 1 pequeño frasco de vidrio oscuro, sin ninguna etiqueta.
Nadie, absolutamente nadie, podría imaginar la atrocidad que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
Javier salió de su oficina corriendo, ignorando los gritos del guardia de seguridad del edificio. Subió a su auto y aceleró por las avenidas desiertas de Santa Fe. Tenía las manos congeladas aferradas al volante. No registraba las luces rojas de los semáforos, ni las sombras del Anillo Periférico. En su mente solo resonaba la voz cargada de veneno de su madre: “Le voy a demostrar a mi hijo que estás completamente desquiciada”.
A 3 kilómetros de llegar a su casa, un instinto visceral, ese mismo instinto analítico que lo había convertido en un temible abogado financiero, lo obligó a frenar en seco a la orilla de la avenida. No podía entrar a ciegas. Tomó su celular y, con los dedos temblorosos, accedió al historial completo de grabaciones de la cámara oculta. Empezó a retroceder en el tiempo.
Y allí, en la pantalla de su teléfono, Javier descendió al mismísimo infierno.
Descubrió que el maltrato no era un evento aislado. Había decenas de videos acumulados a lo largo de 4 semanas.
En 1 de los videos de la semana anterior, vio a su madre entrando sigilosamente a la habitación de madrugada. Se paraba junto a la cuna y, justo cuando el bebé lograba conciliar el sueño, Doña Leonor aplaudía fuertemente cerca de su oído para despertarlo. Cuando el niño rompía a llorar aterrorizado, ella salía al pasillo y gritaba a todo pulmón: “¡Valeria! ¡Tu hijo está llorando otra vez! ¡Eres una inútil, ni siquiera puedes calmar a tu propia sangre!”.
El estómago de Javier se revolvió. Abrió otro archivo, fechado 15 días atrás. En esa grabación, observó a Doña Leonor sacar 2 frascos vacíos de antidepresivos y esconderlos estratégicamente dentro del bote de basura del baño de Valeria. Javier recordó esa tarde a la perfección. Al regresar del trabajo, su madre lo había recibido en la sala con el rostro desencajado por una falsa preocupación. “Hijo, encontré esto”, le había dicho, mostrándole los frascos. “No quiero alarmarte, pero creo que Valeria está abusando de las pastillas. Está perdiendo la razón”.