Javier recordó cómo confrontó a su esposa esa misma noche. Recordó la mirada de pánico de Valeria, sus lágrimas desesperadas jurando por la vida de su bebé que ella jamás había visto esos frascos. Recordó cómo él la miró con lástima y desconfianza. Él no le había creído. Él había sido cómplice de su tortura.
Una lágrima de pura rabia resbaló por la mejilla de Javier mientras seguía viendo el material. La anciana se dedicaba a destruir la psique de Valeria sistemáticamente. Le decía al oído que Javier sentía vergüenza de ella, que él se quedaba hasta la madrugada en la oficina porque le daba asco llegar a casa y verla tan descuidada. La amenazaba asegurando que, gracias al inmenso poder económico de su familia en Monterrey, le quitaría la custodia de Mateo y la mandaría a un manicomio. “En este país nadie le cree a una mujer histérica”, le repetía su madre con una frialdad sociópata. “Y mucho menos si te enfrentas al dinero de los Cárdenas”.
Pero fue el video grabado esa misma mañana el que terminó por romper el alma de Javier en mil pedazos.
La imagen mostraba la cocina al amanecer. Valeria había dejado 1 vaso de agua mineral sobre la isla de granito mientras preparaba los biberones. Doña Leonor entró sigilosamente, sacó 3 pastillas blancas de su bolso de diseñador, las trituró rápidamente con 1 cuchara de plata y vertió el polvo dentro del vaso de su nuera.
“Duerme, princesita”, murmuró la anciana a la cámara, sin saber que estaba siendo grabada. “Duerme como una adicta para que Javier vea con sus propios ojos cómo pones en peligro a su heredero”.
Javier tuvo que abrir la puerta de su auto para vomitar en la calle. Su propia madre no solo estaba abusando psicológicamente de su esposa; la estaba envenenando con narcóticos. La estaba drogando para fabricar un caso de negligencia, robarle a su hijo y desecharla como si fuera basura.
Recobró la compostura impulsado por una ira volcánica. Descargó los 18 videos en una nube segura. Se los envió inmediatamente a su abogado de confianza, a 1 amigo muy influyente que trabajaba en la Fiscalía General de la República, y a su hermana menor. Finalmente, llamó a 1 ambulancia privada y a la policía. No iba a llegar a su casa a discutir. Iba a llegar a ejecutar la justicia.
Al doblar la esquina de su calle en el Pedregal, Javier notó 1 camioneta negra sin placas estacionada frente a su residencia. Dentro del vehículo, 1 hombre sostenía 1 cámara profesional con un poderoso lente telefoto apuntando directamente hacia el gran ventanal de la sala.