A las 11:43 de la noche, con los correos impresos sobre la mesa del comedor y la tinta todavía fresca en los márgenes, escuché a Mateo detenerse en el pasillo. Venía descalzo, con el pantalón arrugado y el celular encendido en la mano. La luz azul de la pantalla le partía la cara en dos. No miró primero los papeles. Me miró a mí.
—¿Qué está haciendo despierta a esta hora?
Yo seguía sentada bajo el cuadro donde durante años colgó la foto de mi boda. La lámpara del comedor dejaba un círculo amarillo sobre la madera. Dentro de ese círculo estaban los estados de cuenta, las transferencias, la solicitud para darle acceso a Sofía, la firma falsa, y el correo que todavía me ardía detrás de los ojos.

«Cuando la señora ya no entienda nada, hacemos el cambio completo.»
Levanté la vista despacio.
—Estoy leyendo lo que me robaron.
Mateo frunció apenas el ceño, como si yo acabara de manchar el mantel con café.
—Mamá, no empiece con esas cosas a esta hora.
No me moví.
—Más de un millón y medio de pesos.
Entonces sí bajó la vista. Primero a los papeles. Luego a la hoja donde había subrayado los cargos del Colegio Británico. Después al correo reenviado al nombre de Sofía.
Su expresión no fue de culpa.
Fue de cálculo.
Se acercó a la mesa, dejó el celular junto al frutero y tomó una hoja.
—Usted no entiende cómo funcionan esas cuentas.
—Entiendo perfecto cuando mi firma no es mi firma.
Él soltó el papel con una exhalación irritada.
—Le digo que no haga un drama de telenovela por esto.
Desde la escalera se escucharon pasos ligeros. Sofía apareció envuelta en una bata color marfil, el cabello recogido y la cara limpia, como si hubiese salido de un comercial de crema nocturna. Se detuvo en el umbral, vio los documentos y luego me vio a mí.
No preguntó qué pasaba.
Ya lo sabía.
—¿Qué hizo? —dijo, mirando a Mateo, no a mí.
—Canceló los pagos.
Sofía caminó hasta la mesa y tomó la hoja de las colegiaturas como quien revisa una cuenta del súper.
—No puede hacer eso así nada más.
—Ya lo hice —respondí.
Ella dejó la hoja otra vez sobre la madera.
—Santiago entra a clases el lunes.
—No con mi dinero.