—¿Qué?
—Tu esposo cambió el testamento seis meses antes de morir.
Mi mano se apretó alrededor de la taza.
—Eso ya lo sabía.
—No todo. Si uno de los herederos participa en abuso patrimonial contra ti, pierde automáticamente no solo el acceso a la casa… también su parte de la inversión de San Ángel.
Miré la calle sin verla.
—Mateo no sabía eso.
—Ahora ya lo sabe.
Esa noche no regresé a dormir a Pedregal. Me instalé en un departamento pequeño que mi esposo compró hace años y que yo casi había olvidado, en una calle tranquila de Coyoacán, con un balcón estrecho y una bugambilia vieja asomándose desde la casa vecina. Solo llevé una maleta, el sobre amarillo, mis documentos y el arete que había recogido de la alfombra.
Tres días después, el silencio de la casa grande ya no me pertenecía.
Me contaron que Sofía había ido dos veces al banco y no logró nada. Que Mateo llamó al licenciado Salgado una mañana y luego otra. Que dejaron mensajes, primero secos, luego urgentes, después llorosos. Yo no contesté.
La última imagen que tuve de esa casa no fue la del comedor ni la de los papeles.
Fue otra.
La Virgen de Guadalupe seguía colgada junto a la alacena. La luz de la tarde caía sobre los azulejos talavera. En la barra de granito había una taza de café a medio terminar, ya fría. Y sobre la mesa del comedor, justo debajo de la foto de mi boda que ya no estaba ahí, quedó solo el pequeño arete dorado que recogí después de la bofetada.
Un arete solo. Una marca mínima. El resto de la pareja guardado lejos.
Como si hasta el oro hubiera entendido antes que yo que algunas cosas, una vez rotas, ya no vuelven a colgar juntas.