Él me miró y después miró a su madre.
—Era un juego.
La frase salió idéntica a la voz de Mateo.
Un eco pequeño.
—¿Quién te dijo eso?
Se encogió de hombros.
—Mi papá.
Mateo cerró los ojos un segundo.
Sofía agarró al niño por el hombro.
—Ya basta de meterlo en esto.
—No lo estoy metiendo yo —respondí—. Ustedes lo metieron desde hace mucho.
El niño volvió a mirarme.
—¿Ya no me vas a comprar mi campamento?
La pregunta quedó suspendida sobre todos nosotros como un cuchillo fino.
Ni siquiera mencionó la bofetada.
Mencionó el dinero.
Ahí entendí hasta dónde llegaba la contaminación de esa casa.
No contesté. Me levanté de la silla por primera vez en toda la noche. Las piernas me temblaron un poco, pero no retrocedí.
—Mañana a las nueve voy a la notaría. A las once tengo cita en el banco. Y al mediodía voy al Ministerio Público.
Sofía abrió los ojos.
—¿Va a denunciarnos?
—Voy a nombrar cada cosa por su nombre.
Mateo me miró como si acabara de ver a otra mujer usando mi cara.
—Mamá, piense bien lo que hace.
—Llevo años pensando bien. Ustedes contaban con que siguiera callada.
Tomé mi credencial del INE, el sobre amarillo y las copias. Luego avancé hacia el pasillo. Al pasar junto a Santiago, vi que apretaba el peluche contra el pecho. No me pidió perdón. Nadie le había enseñado cómo se hacía eso.
Subí a mi cuarto, cerré la puerta y no dormí.
A las 8:15 de la mañana ya estaba vestida. Me puse un traje azul marino que no usaba desde el funeral de mi esposo, me recogí el cabello y me coloqué el arete que no se había caído. El otro lo dejé dentro del cajón de la cómoda, sobre un pañuelo blanco.
Cuando bajé, la casa olía a café recién hecho. Pero esta vez nadie me esperaba con tareas. Mateo estaba en la cocina, sentado frente a una taza intacta. Sofía no estaba.
—Se fue con Santiago —dijo él sin que yo preguntara.
Tomé mi bolsa.
—Bien.
—Mamá...
No respondí.
—No pensé que ibas a llegar tan lejos.
Giré apenas la cabeza.
—Ustedes sí.
Salí sin tomar desayuno. Afuera, el aire de la mañana era fresco y el jardín todavía tenía gotas de riego sobre las buganvillas. En la calle ya me esperaba el coche del licenciado Salgado.
La mañana se movió con una precisión que Mateo jamás me habría atribuido. En la notaría se certificaron copias, se levantó constancia del posible fraude y se activó formalmente el fideicomiso de protección. En el banco revisaron mi identificación, compararon las firmas y llamaron a una supervisora. A las 11:27, sentada frente a un escritorio de vidrio, oí a una mujer decir en voz baja:
—Señora Elena, aquí hay elementos suficientes para una denuncia.
Yo asentí.
—Entonces proceda.
Al salir de ahí no me quebré.
Me quebré horas después, cuando llegué a una cafetería pequeña de Coyoacán para esperar la llamada del licenciado y vi a una mujer de mi edad partir un pan dulce en dos para su nieta. La niña le limpió una migaja de la blusa. La vieja le sonrió con una ternura tan limpia que tuve que mirar hacia la ventana.
A las 4:06 de la tarde, Ernesto me llamó.
—Ya hablaron con Mateo.
—¿Qué dijo?
—Que todo fue un acuerdo verbal. Que tú les dabas permiso.
—¿Y Sofía?
Hubo una pausa mínima.
—Sofía negó haber redactado el correo. Pero la cuenta desde la que se mandó está vinculada a su celular personal.
Cerré los ojos.
—Entiendo.
—Elena, hay otra cosa.