El convento ocultaba doce bebés y una pulsera médica abrió la puerta del horror

—¿De quién es entonces? —preguntó Lucía, apenas con voz.

Paloma la miró como si hubiera olvidado que estaba allí.

—Hermana, vuelva a la cocina.

—No —dijo Lucía.

Fue una palabra pequeña. Pero en aquel cuarto sonó como campana rota.

La Madre Caridad aprovechó ese segundo. Con la mano izquierda tiró del cajón del escritorio viejo y sacó el teléfono gris que nadie en el convento usaba desde hacía años. La línea seguía viva porque ella la pagaba en secreto con monedas guardadas de los encargos de bordado. Lo levantó, marcó tres números y sostuvo la mirada del padre Renato.

—Ministerio Público de Puebla —respondió una voz al otro lado.

Paloma se lanzó hacia ella.

Caridad giró el cuerpo y la jeringa vacía rodó al piso. El padre Renato alcanzó el cable del teléfono y lo arrancó de la pared con un tirón seco. La voz se cortó. El cuarto quedó otra vez hundido en el llanto del bebé.

—Ya fue suficiente —dijo el sacerdote.

La Madre Caridad miró el cable colgando, luego la carta, luego la cara de Esperanza.

—No. Apenas empezó.

Lo que ninguno de ellos sabía era que la llamada no necesitaba durar más. Desde hacía tres meses, Caridad había sospechado que algo en las cuentas no cerraba. Había visto donativos de 80 mil pesos entrar en efectivo y recibos firmados con nombres incompletos. Había visto a Paloma llegar al convento con más maletines de los necesarios. Había visto a Esperanza despertar después de sus partos con lagunas de memoria, repitiendo que Dios le había mandado otro hijo, mientras algunas monjas cambiaban sábanas manchadas en silencio.