El convento ocultaba doce bebés y una pulsera médica abrió la puerta del horror

Solo dijo:

—Ya no depende de mí.

Paloma abrió el maletín de golpe.

—¿Qué hizo?

Caridad levantó la carta sellada.

—Lo que debí hacer cuando nació el primer niño.

Esperanza empezó a temblar. No era solo dolor. Algo en su rostro se estaba rompiendo desde dentro, como si su memoria intentara salir por partes.

—Yo soñaba con luces —susurró—. Con voces. Con alguien diciendo que no mirara.

Paloma apretó los labios.

—Está delirando.

—No —dijo Esperanza, con los ojos fijos en ella—. Usted me decía que rezara. Me ponía una tela en la cara. Después yo despertaba sin mi bebé.

El padre Renato golpeó la mesa con la palma.

—Silencio.

Miguel dejó de llorar de golpe. Ese silencio repentino hizo que todos miraran la cuna. El bebé tenía los ojos abiertos. La hermana Lucía se acercó despacio, como si cada paso pudiera encender una bomba. Levantó la cobija y vio la pulsera completa. Debajo del código había una fecha. No coincidía con el día que Esperanza recordaba como parto.

—Este niño nació dos semanas antes de lo que nos dijeron —murmuró Lucía.

Paloma caminó hacia ella.

—Suelte esa cobija.

Lucía no la soltó.

—¿Dónde están los otros once?

Por primera vez, la doctora perdió la calma. Sus ojos se volvieron duros, y la pequeña sonrisa desapareció.

—En casas mejores que esta.

Esperanza soltó un sonido ahogado.

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—Eran míos.

—Eran una salida —respondió Paloma—. Para ellos, para nosotras, para este convento. ¿O prefería ver a treinta mujeres ancianas en la calle?

La Madre Caridad se puso de pie. Sus rodillas crujieron, pero no retrocedió.

—No use el hambre de las monjas para justificar lo que hicieron.

El padre Renato señaló la puerta.

—Hermana Lucía, salga.

Lucía abrazó al bebé contra su pecho.