Laila no creía en las coincidencias, pero siempre pensó que las llaves de los viejos hogares nunca perdían su magia. Después de dos años en París, trabajando incansablemente para construir un futuro para ambos, decidió darle una sorpresa. No llamó, no envió mensajes; simplemente tomó sus maletas llenas de regalos y regresó al "nido de amor" en una noche silenciosa.
En cuanto introdujo la llave en la cerradura, sintió un escalofrío extraño. La puerta no estaba echada con llave.
El Hilo Invisible: Cuando el pasado sonríe frente al presente