PARTE 1
“Señorita Sofía, hay un niño en urgencias que dice que usted es su contacto de emergencia.”
Me reí por nervios, con el celular pegado a la oreja y el corazón golpeándome raro.
“Eso es imposible. Tengo treinta y dos años, vivo sola y no tengo hijos.”
Eran las 11:47 de la noche de un jueves lluvioso en la Ciudad de México. Yo estaba descalza en la cocina de mi departamento en la colonia Narvarte, comiendo cereal directo de la caja porque había salido tarde de la agencia y no tenía fuerza ni para calentar tortillas.
La voz de la enfermera no cambió.
“Entiendo, señorita. Pero el niño no deja de preguntar por usted.”
Sentí un nudo en el estómago.
“¿Cómo se llama?”
“Mateo. Tiene unos diez años. Lo trajeron después de un choque cerca de Viaducto. Está estable, tiene una muñeca fracturada y un golpe en la cabeza, pero se niega a responder preguntas. Solo repite su nombre completo: Sofía Herrera.”
Apoyé la mano en la barra de la cocina.
“¿Y cómo tiene mi número?”
“No lo sabemos. Pero traía una mochila con una nota donde venía su contacto.”
Debí colgar. Debí decirles que llamaran al DIF, a la policía, a cualquiera. Pero había algo en la forma en que la enfermera dijo “no deja de preguntar por usted” que me atravesó.
Treinta minutos después llegué al Hospital General de México con el cabello húmedo, una chamarra encima de la pijama y el miedo metido en la garganta.
Una enfermera llamada Lourdes me recibió en admisión.
“Gracias por venir. Está en observación, cuarto 18.”
Antes de caminar, bajó la voz.