Parte 1
A los 78, doña Aurora Vargas rompió su vaso de medicinas contra el piso y miró a la nueva muchacha de servicio como si la estuviera retando a abandonarla también.
Lucía Torres se quedó inmóvil en la puerta del cuarto del tercer piso, con el trapeador aún en la mano y una sombra amarillenta bajo el ojo izquierdo. Tenía 27 años, 47 pesos en la bolsa y la costumbre de no preguntar nada en casas donde las paredes costaban más que una vida.
La mansión de los Vargas, en Las Lomas de Chapultepec, era tan perfecta que parecía un mausoleo: mármol negro, lámparas de cristal, sillones de piel, cuadros enormes de caballos y santos, guardias en la entrada y silencio en cada esquina. Emiliano Vargas, dueño de medio mundo oscuro de la ciudad, había comprado médicos, enfermeras, terapeutas y aparatos importados para su madre. Pero no había comprado lo único que ella necesitaba: alguien que se quedara.
Doña Aurora llevaba 4 años en esa cama desde que vio caer a su esposo, don Ramiro, frente al portón de hierro, con 3 balazos en el pecho. Antes de eso había sido la voz más querida del Salón Tequila Azul, una cantante de boleros que hacía callar a los hombres más bravos con una sola nota. Después de aquella noche, no volvió a cantar. Ni siquiera volvió a sonreír.
Emiliano pasaba cada noche frente a su puerta. Se detenía 1 segundo, escuchaba el silencio y seguía caminando. Creía que si su madre respiraba, todo estaba bajo control. No sabía que el silencio también puede ser una forma de gritar.
Cuando Lucía llegó a trabajar, Emiliano apenas la miró.
—La cocina está al fondo. Las habitaciones en el segundo piso. Mi madre está en el tercero. No la molestes. Mantén todo limpio y en su lugar.
No le preguntó su nombre. No le preguntó por el moretón. Le entregó una llave y se fue como quien deja una orden, no una oportunidad.
El segundo día, Lucía escuchó el vidrio romperse arriba. Subió despacio. En el cuarto de doña Aurora, las pastillas blancas rodaban entre pedazos de cristal y agua derramada. La anciana estaba sentada contra las almohadas, tiesa, orgullosa, con los dedos torcidos por la artritis y los ojos llenos de una furia cansada.
Lucía entendió esa mirada. La había visto en espejos de casas ajenas, en refugios, en cuartos cerrados por dentro. Era la mirada de alguien que decía: “Atrévete a preocuparte, para que después me falles”.
No llamó a nadie. No suspiró. No la regañó. Solo se quedó mirándola.
Pasaron 5 segundos. Luego 10. Doña Aurora fue la primera en apartar los ojos.
Entonces Lucía entró, recogió las pastillas una por una, juntó los cristales con cuidado y limpió el agua. Cuando terminó, antes de salir, dijo sin voltear:
—Sé lo que se siente querer romperlo todo.