El jefe de la mafia regresó temprano a casa — y quedó atónito por lo que la criada le estaba haciendo a su madre.

Parte 2

Esa noche, Emiliano mandó investigar a Lucía y recibió un expediente delgado que pesó más que cualquier amenaza: madre muerta por sobredosis cuando Lucía tenía 4 años, padre desconocido, 7 casas de acogida, costillas rotas a los 9, quemadura en la mano a los 12, ningún contacto de emergencia, una orden de restricción vencida contra Damián Rojas, el hombre que le había partido el pómulo a los 24. Emiliano entendió entonces por qué la muchacha había sabido mirar la soledad de Aurora sin miedo: la reconoció porque había vivido dentro de ella. Durante 3 meses, la mansión cambió sin cambiar los muebles. Cada mañana subía una canción desde el tercer piso; Aurora comía más, pedía sal, criticaba el atole, enseñaba a Lucía a respirar desde el vientre y no desde el pecho. Emiliano empezó a llegar temprano para sentarse en silencio. Lucía seguía rígida, lista para huir, pero un café caliente aparecía cada mañana en la cocina y un abrigo negro quedó un día colgado junto a su cuarto. Ella lo devolvió al estudio porque no sabía cuál era el precio, y Emiliano solo dijo que no había precio, que hacía frío. Lucía lo usó al día siguiente. Entonces apareció Damián. Primero fue una camioneta gris frente al mercado de Tacubaya. Luego una llamada a la casa: sabía dónde estaba. Lucía pasó la noche sentada contra la pared, pensando en escapar antes de que todo lo bueno le fuera arrebatado. Durante 3 días no subió a cantar. Aurora volvió a mirar la pared. Al cuarto día, Damián golpeó el portón de hierro, borracho, gritando el nombre de Lucía como si fuera dueño de ella. Lucía salió temblando, pero salió. Emiliano quiso detenerla, aunque comprendió que aquella batalla no podía robársela. Frente al portón, Lucía dijo que ya no le tenía miedo. Damián metió la mano entre los barrotes, y Emiliano se colocó entre ambos, sin tocarlo, sin gritar, solo con una calma mortal. La camioneta se fue en menos de 30 segundos. Pero cuando Emiliano y Lucía subieron para tranquilizar a Aurora, encontraron la puerta abierta y a la anciana de pie, aferrada al marco, con las piernas temblando como velas bajo el viento.