En el mismo instante en que firmé los papeles del divorcio, llamé a mi padre, un magnate— y apenas unas horas después, los 26 miembros de la familia de mi exmarido fueron despedidos de la empresa.

Del ascensor salió lentamente un hombre mayor, de mirada penetrante, apoyado en un bastón con empuñadura de plata. Llevaba un traje oscuro de corte impecable. Y con cada paso suyo, el aire del inmenso vestíbulo parecía chisporrotear de tensión.

—Don Alejandro.

El director ejecutivo, el segundo hombre más poderoso de la empresa, clavó la rodilla en el suelo e inclinó la cabeza. En el mismo instante, los miles de empleados presentes se inclinaron profundamente, como movidos por un solo resorte. Nadie se atrevía a levantar la vista.

Alejandro Ortega, el líder absoluto del gigantesco imperio empresarial, un pilar de la economía española y mi padre, sin dirigir siquiera una mirada a los empleados postrados, caminó directamente hacia mí. Su gélida mirada se suavizó por un segundo.

—Carmen, me alegro de que hayas vuelto por tu propio pie.

—Papá. Siento haberte causado preocupaciones.

Sonreí con calma e incliné levemente la cabeza. Mi padre asintió satisfecho.

—Papá… tu padre…

Diego retrocedía murmurando incoherencias, como si hubiera visto a un fantasma. La magnitud de lo que estaba ocurriendo era demasiado grande para su patética mente.

En ese instante, Macarena, que había estado aturdida, se levantó de un salto soltando una carcajada histérica.

—Jajaja, a nosotros no nos engañas. Qué presidente ni qué heredera. Esta se ha dado cuenta de que íbamos a descubrir sus mentiras y ha contratado a un actor viejo para salir del paso. Diego, despierta. Esta mendiga no puede ser de la élite. Este viejo seguro que es un vagabundo que recogió en la puerta de Atocha.

Fue un insulto tan suicida que ni siquiera me molesté en rebatirlo. Solo la miré con silenciosa compasión. Esta mujer estúpida no entendía que acababa de firmar su propia sentencia. En mi lugar bramó el director ejecutivo desde el suelo. Se puso en pie de un salto, con el rostro desencajado por el pánico.

—Insolente, ¿cómo te atreves a hablarle así a don Alejandro Ortega? ¿De verdad crees que vas a salir bien parada después de esto? Acabas de declararle la guerra al Grupo Ortega.

Al ver la furia del director y cómo los guardias de seguridad se tensaban, Macarena y doña Leticia por fin comprendieron que tenían delante al verdadero dueño de la corporación. Soltando un chillido ahogado, volvieron a desplomarse en el suelo, temblando convulsivamente.

Mi padre le lanzó a Macarena una mirada de desprecio absoluto, como si mirara basura, y golpeó el suelo una vez con su bastón.

—Tú. ¿Eres ese tal Diego Navarro?

Diego dio un brinco.

—El hombre que llamó oficinista analfabeta y muerta de hambre a mi única hija, que la trató como a una criada y que arrastró consigo a una plaga de parásitos para manchar el apellido Ortega.

—No, esto es un malentendido, suegro… Quiero decir, don Alejandro. Yo quiero a Carmen. Carmen, por favor, di algo. Hemos sido marido y mujer.

Diego, con la cara empapada en lágrimas, intentó arrastrarse hacia mí, pero los guardaespaldas de mi padre lo detuvieron en seco. Yo lo miraba desde arriba con la frialdad de un témpano.

—Diego, ayer decías con mucho orgullo que veintiséis de tus familiares eran la élite del Grupo Ortega.

Al oír esto, se estremeció. Mi padre tomó una gruesa carpeta de manos de Bernardo y se la arrojó a los pies a Diego.

—¿Te crees que esto es un simple malentendido? Durante la noche se ha llevado a cabo una auditoría completa de los veintiséis parásitos que se han enganchado a nuestro grupo gracias a ti. ¿Y qué nos hemos encontrado? Desfalcos, comisiones ilegales, facturas falsas, abuso de poder, acoso laboral a subordinados. Un auténtico estercolero. Escudándoos en el nombre de los Ortega, habéis hecho lo que os ha dado la gana.

La poca sangre que le quedaba a Diego en la cara desapareció por completo. Esto ya no era un simple escándalo familiar. Era un caso penal a gran escala en el que estaba involucrado todo su clan de veintiséis personas.

—Nos… nos van a despedir a todos —balbuceó Diego, presa de la desesperación.

Mi padre soltó una carcajada fría.

—¿Despedir? No te equivoques. No pienso perder el tiempo con escoria como vosotros.

Chasqueó los dedos y, en ese mismo instante, en el bolsillo de Diego, en el bolso de Macarena y en la cartera de la suegra, sus teléfonos móviles empezaron a sonar todos a la vez, estridentemente, como si se hubieran puesto de acuerdo. Ring, ring. Múltiples tonos de llamada se fusionaron en una sinfonía macabra en el inmenso vestíbulo. Era como la sirena que anunciaba la ejecución de todo su linaje.

—Sí, Paco, ¿qué pasa tan temprano?

Fue la primera en contestar Macarena. Al segundo siguiente se quedó lívida.

—¿Qué? ¿Que han descubierto que robabas dinero de la caja? ¿Que tienes que devolver cien mil euros antes de esta noche? ¿O irás a prisión? ¿Qué significa esto? Tú decías que el dinero del Grupo Ortega era nuestro.

Mientras Macarena chillaba al teléfono, la suegra se acercó el móvil a la oreja con mano temblorosa.

—Sí, hermano. ¿Qué, te han echado? ¿Que han descubierto que vendías material de oficina por Wallapop? Pero, ¿cómo? ¿Por qué tan de repente?

Pánico, lágrimas, gritos. Por todo el país, en todas las filiales del Grupo Ortega donde se habían instalado los veintiséis parientes, la tormenta de la venganza estaba desatada en ese preciso instante. La purga que le había pedido a mi padre se ejecutaba con una precisión quirúrgica.

—No puede ser. ¿Cómo es posible?

Diego, sin apartar los ojos de la pantalla de su móvil, castañeteaba los dientes. En la pantalla parpadeaba: director de RR. HH. Cuando estaba a punto de pulsar el botón verde con su dedo tembloroso, sonó una voz helada.

—No hace falta que cojas esa llamada.

Diego levantó la vista y vio a un hombre elegante de mediana edad salir de entre la multitud. Era su jefe directo, don Carlos Vargas, director de Recursos Humanos de la sede central, el mismo hombre que él creía que iba a ascenderle.

—Señor Vargas, ¿está usted aquí? Por favor, explíquele al presidente que todo esto es un error. Me convocaron a una entrevista de ascenso.

Diego intentó abalanzarse sobre él, pero el director de RR. HH. le fulminó con una mirada de asco y le arrojó a la cara un grueso sobre.

—¿Entrevista? No me hagas reír, parásito. Te hice venir aquí para entregarte personalmente, en presencia del presidente y del director ejecutivo, tu carta de despido disciplinario. Tú, Diego Navarro, y tus veintiséis familiares que habéis abusado del nombre de los Ortega quedáis despedidos de forma fulminante desde este preciso instante. Por supuesto, sin un céntimo de indemnización.

Ante aquellas palabras implacables, Diego se quedó petrificado con los ojos desorbitados. Pero la cosa no acabó ahí.

—Es más, el daño económico total que habéis infligido al Grupo Ortega durante estos años, sumando desfalcos, facturas falsas y demás, asciende a la cantidad de cinco millones de euros. Esta suma será reclamada a todos los miembros de vuestro clan por responsabilidad solidaria. Si no podéis pagar entre todos, os enfrentaréis a consecuencias muy serias.

—Cinco millones.

De la garganta de Diego salió un chillido lastimero. Cinco millones de euros. Una cifra que ni él ni toda su estirpe de oficinistas mediocres podrían pagar aunque vivieran tres vidas. Su estatus de élite se había evaporado, dejando tras de sí únicamente una deuda astronómica y el estigma de la deshonra.

El rostro de Diego, deformado por la desesperación, se fue inyectando de una furia granate. Clavó sus ojos en mí y gritó:

—Carmen, todo esto es obra tuya. Lo tenías planeado desde el principio. Si eras una heredera tan rica, ¿por qué no lo dijiste enseguida? Podrías habernos dado un par de millones y todo estaría solucionado. Me engañaste a propósito para colgarme esta deuda. Eres un demonio, una sádica sin corazón.

De su boca salía un torrente de insultos. Intentando descargar toda la culpa sobre mí, trataba de hacerse la víctima, pero no le contesté ni una palabra. Me limité a mirarlo desde arriba en silencio, sin cambiar la expresión de mi rostro. Ya no merecía ni siquiera una respuesta.

—Dime algo. Devuélveme mi vida.

Rugiendo como un animal herido, intentó abalanzarse sobre mí. Pero antes de que pudiera rozarme, los guardias de seguridad lo redujeron y lo estamparon contra el suelo de mármol.

—Soltadme…

—Basta ya de este circo delante de mi hija —dijo mi padre con voz glacial, golpeando el bastón.

Mientras Diego, inmovilizado en el suelo, escupía maldiciones, el director de RR. HH. se ajustó la corbata y añadió de repente:

—Ah, por cierto, señor Navarro, hemos averiguado en qué se gastaba usted el dinero robado a la empresa.

Diego se quedó tieso.

—Con ese dinero sucio, le alquiló usted un piso de lujo en el barrio de Salamanca a una amiguita y cada mes la colmaba de regalos de firmas de alta costura.

Al oír esto, Macarena y la suegra, que lloraban desconsoladas, levantaron la cabeza de golpe. Yo entorné ligeramente los ojos. Por la cara de Diego empezaron a correr ríos de sudor, mucho más que cuando se enteró de la deuda de cinco millones.

—Espere, señor Vargas, eso no. Por favor, no diga eso.

—Incluso hemos tenido la amabilidad de invitar a una testigo.

Asintió el director de RR. HH. hacia el fondo del vestíbulo. Clac, clac, clac. En el silencioso vestíbulo resonó el repiqueteo alegre, totalmente fuera de lugar, de unos tacones altos. Mientras Diego emitía gemidos de angustia, de entre la multitud salió una joven, y al verle la cara no pude evitar contener la respiración. La mujer lucía un maquillaje vulgar y exagerado e iba vestida de pies a cabeza con marcas chillonas. Al verla caminar con arrogancia, con un bolso Chanel cruzado, contuve el aliento.

—¡Lola! ¡Lolita! —gritó Diego, pegado al suelo, como si hubiera visto a su ángel salvador—. Lolita, ayúdame. Dile a tu padre, el director ejecutivo, que me perdone. Íbamos a casarnos, ¿verdad?

Ante esas palabras, la suegra y Macarena levantaron la vista horrorizadas.

—¿Qué, Diego? ¿Qué estás diciendo? —preguntó Macarena con voz temblorosa.

—Esta chica es la hija del director ejecutivo. Sí, Lola es su hija ilegítima, así que si ella se lo pide, él me perdonará la deuda y el despido. ¿Verdad, mi amor?

Mientras Diego soltaba sus súplicas desesperadas, yo mantenía un profundo silencio, observando esta tragedia con fría calma. No había contenido la respiración sorprendida por lo de la hija ilegítima, sino porque sabía perfectamente quién era esa mujer en realidad.

—Mentira podrida.

Se oyó un rugido feroz. Era el director ejecutivo. Su rostro estaba amoratado de furia.

—Te has vuelto completamente loco. ¿Hija ilegítima? Esta mujer es una azafata de imagen de una discoteca de la calle Serrano a la que voy a veces con los clientes.

De la boca de Diego salió un gorgoteo estúpido.

—Pero, Lolita, tú me dijiste que eras su hija secreta y que me garantizabas un puesto en el consejo de dirección.

Lola, la mencionada, se miró las uñas con desgana.

—Uy, me han pillado. Lo siento, Dieguito. Era puro marketing. Fardabas tanto de ser de la élite y el ojito derecho del director que te seguía el rollo. ¿De verdad te lo creíste? Qué pringado.

Lola soltó una carcajada sin la más mínima vergüenza. La verdadera dama por la que Diego se había divorciado de mí resultó ser una simple cazafortunas de discoteca, un fantasma nacido de su propia vanidad.

—No puede ser. Y el piso de lujo que te pagaba y la ropa de firma de miles de euros cada mes eran regalos para mí, ¿no?

—Pues Santa Rita, Rita. No pienso devolver nada.

Lola soltó una respuesta fría y lo miró como si fuera una cucaracha.

—Por cierto, acabo de enterarme de que robabas a tu empresa para comprarme los regalitos. Qué asco me das. Ibas de tiburón de las finanzas y no eres más que un raterillo de tres al cuarto. Eres patético y un fanfarrón. Me dabas asco desde el principio. Solo salía contigo porque pagabas bien y ahora tienes una deuda de cinco millones. Estás acabado, chaval. No me vuelvas a llamar.

De los ojos de Diego brotaron lágrimas de desesperación. Una cruel traición por parte de la mujer en la que había confiado. Y todo era resultado de sus propias mentiras y su megalomanía. Solo podía retorcerse en el suelo como un gusano, pero el juicio no había terminado.

Con rostros desencajados, la suegra y la cuñada se pusieron en pie de un salto. Apartaron a los de seguridad, se abalanzaron sobre Diego y empezaron a golpearle.

—Te han engañado como a un tonto. Una choni de discoteca te ha desplumado y, para colmo, le robabas a la empresa. Y por tu culpa, los veintiséis estamos arruinados. Imbécil, eres la vergüenza de la familia.

—Sí, ibas de superélite y ahora, por tu culpa, la empresa de mi marido está en quiebra y nos han colgado un muerto de cinco millones. ¿Qué hacemos ahora?

Aquella era una asquerosa escena de canibalismo familiar. Ayer mismo se jactaban de ser un linaje ilustre y hoy, por culpa del dinero y el poder, se traicionaban con suma facilidad.

—Parad, mamá, Macarena. A mí me han engañado. La culpa es de esta mujer. Sí, Carmen tiene la culpa por ocultar quién era.

Llevado al límite, Diego intentó de nuevo echar balones fuera. Suspiré suavemente y me dispuse a dar un paso al frente, pero Lola se me adelantó.

—Ah, por cierto —dijo ella con una sonrisa venenosa—. Señoras, pueden echarle la culpa si quieren, pero sepan que con el dinero que robaba de la empresa no le llegaba para mis regalos. Y se metió en un lío mucho peor.

Las manos de Macarena se detuvieron en el aire. El rostro de Diego volvió a adquirir un color cadavérico.

—Cállate, Lola. No digas eso —suplicó él.

Pero Lola, con una sonrisa afilada, reveló su mayor secreto delante de todos.

—Pues eso, que no le llegaba con lo desviado para comprarme un piso, así que le pidió dinero prestado a unos tipos muy serios. Ya saben, prestamistas. Esa deuda ha crecido como una bola de nieve y ahora debe andar por el medio millón de euros, por lo menos.

—¿Prestamistas? —graznó la suegra.

Macarena miraba a su hermano con puro terror.

—No me lo puedo creer. Has robado cinco millones a la empresa y le has pedido medio millón a unos usureros para hacerle regalos a esta…