—Sí, con Diego y el resto de tu familia he terminado para siempre, pero tú y yo no tenemos por qué cortar los lazos.
Ella me miró asombrada, limpiándose las lágrimas.
—Pero soy la hermana de un estafador.
—Eso no importa. Para mí eres mi única y queridísima hermanita. Alba, tengo que pedirte un favor.
Ella asintió frenéticamente.
—Ortega Inmobiliaria va a lanzar una nueva línea de negocio en diseño floral y paisajismo de lujo. Pero necesitamos a una directora con verdadero talento e instinto. Quiero que tú, con tu amor incondicional por las plantas, dirijas este proyecto. ¿Te vienes a trabajar conmigo?
Alba se quedó paralizada del asombro. Veintiséis parásitos habían sido arrojados al abismo. Pero Alba, que había vivido con honradez y me había querido de forma desinteresada, recibía la oportunidad de liderar una división entera en una multinacional. Era la victoria de los valores humanos sobre la arrogancia clasista, algo que su familia nunca habría sido capaz de entender.
—No llores más. Precisamente por eso te lo pido a ti. Ya no me equivoco con las personas.
Ella volvió a romper a llorar y se abrazó a mí, pero esta vez no eran lágrimas de pena, sino de inmensa gratitud y felicidad.
Seis meses después, los veintiséis miembros del clan Navarro habían sido borrados del mapa social. Doña Leticia y Macarena, asfixiadas por embargos, multas millonarias y procedimientos fiscales, se declararon en bancarrota absoluta. Ahora sobrevivían haciendo precisamente esos trabajos precarios de limpieza y hostelería que tanto habían despreciado, viviendo en un piso miserable y en constante miedo.
Diego cumplía condena en el centro penitenciario de Soto del Real. Nadie iba a visitarle en los vis a vis. Cuentan que a veces, en el patio, todavía les grita a los otros presos que él es de la élite y el exmarido de la dueña del imperio, pero ya nadie le hace caso, tomándolo por un loco más.
Yo, por mi parte, retomé mi verdadero cargo como directora general en Ortega Inmobiliaria. La puerta de mi despacho de la planta cuarenta se abrió de par en par y entró Alba, luciendo un elegante y moderno traje sastre.
—Aquí tienes los diseños del jardín vertical para el lobby del nuevo hotel de Marbella. ¿Qué le parece, jefa?
En su rostro no quedaba ni rastro de su antigua tristeza. Brillaba con seguridad, profesionalidad y pura felicidad.
—Espléndido, Alba. Sabía que podía confiar plenamente en ti.
—Gracias, hermana. Digo, doña Carmen.
Sonrió ella con timidez. Miré por el inmenso ventanal hacia el cielo azul y despejado de Madrid. El verdadero valor no reside en el estatus, los apellidos o los ceros en la cuenta bancaria, sino en la calidez de las relaciones humanas y la honestidad. Ya nunca más ocultaré quién soy. Soy Carmen Ortega y caminaré con paso firme y valiente hacia un futuro brillante, rodeada únicamente de aquellos que de verdad me importan.
La luz del sol de mediodía inundó mi despacho y sonreí con la sonrisa más libre y sincera de toda mi vida.