En nuestro primer día de casados, mi marido me abofeteó con fuerza solo por no hacerle el desayuno a mi cuñada, que seguía durmiendo; tiré la mesa por los aires y pronuncié unas palabras que hicieron de su vida un auténtico infierno…

Cortó sin piedad un trozo de la tortilla con los bordes dorados y crujientes, lo pinchó y se lo llevó a la boca sin dudar. El sonido nítido y agradable de sus dientes al masticar la patata crujiente resonó en la silenciosa habitación.

Mientras masticaba, detuvo de repente el movimiento y fijó la vista en un punto vacío de la mesa de nogal, lisa e impecable. Por un instante, la imagen de la humilde mesa de patas cortas que había levantado con sus propias manos y hecho añicos en el oscuro y viejo salón de Usera aquella mañana sangrienta de hacía tres meses cruzó su mente como un relámpago.

El aire en aquel salón había sido pesado y asfixiante, como si le hubieran hundido la cabeza en cemento fresco. El silencio colectivo y hostil de aquellas personas viles que se hacían llamar familia la había presionado a ella, a la paria, a la esclava traída de fuera para ser explotada, para que se arrodillara, bajara la cabeza, limpiara los restos de comida lamiendo el suelo, recogiera los trozos de porcelana rota uno a uno, aunque se cortara y sangrara, y los tirara a la basura.

Era una presión destinada a grabar en su cerebro su condición de objeto, de pieza de recambio, de peldaño sometido a la dominación de la violencia y la humillación; un asesinato del alma. Pero ahora, en este instante, el espacio que la rodeaba era tan perfecto y pacífico como las profundidades del océano.

Era un silencio de libertad absoluta, 100 % completa, sin la necesidad de vigilar de reojo a la persona de enfrente para no hacer ruido con los cubiertos, sin tener que estar pendiente de los movimientos de ojos de un puñado de basura humana, sin la necesidad de calcular al milímetro las consecuencias de cada palabra que salía de su boca.

No había órdenes de arriba abajo ni sermones arrogantes y nauseabundos dictados por la autoridad del suegro.

Alba tragó un trozo de tortilla, dejó el tenedor sobre la servilleta y con una mano cogió un vaso de cristal brillante que tenía al lado. Bebió un sorbo. Era agua del tiempo, ni fría como el hielo ni caliente, que le bajaba agradablemente por la garganta.

Su dedo índice, fino y elegante, recorrió suavemente la curva del vaso, donde se habían formado pequeñas gotas de condensación, y en ese instante una sensación de paz profunda, sólida e invencible, la misma que solo se puede sentir cuando uno está firmemente plantado sobre sus propios pies, con raíces de acero hundidas en la tierra, la recorrió como una corriente eléctrica desde la nuca hasta la punta de los pies.

Nunca más en toda su vida necesitaría la confirmación, la aprobación o el permiso de aquella escoria humana para poder llevarse un trozo de pan a la boca. Yeah.