Un sonido comenzó a llenar la sala.
Tac-tac. Tac-tac. Tac-tac.
Rápido.
Débil.
Pero vivo.
El bebé seguía con vida.
Doña Carmen soltó un grito ahogado. Uno de los trabajadores del crematorio se santiguó inmediatamente.
—Dios mío…
Mateo cayó de rodillas junto al féretro, completamente quebrado.
—Diego… hijo mío…
Los paramédicos comenzaron a mover todo con urgencia. Prepararon la camilla mientras hablaban por radio con el hospital más cercano para solicitar un quirófano de emergencia.
Y fue entonces cuando Mateo notó algo extraño.
La muñeca de Valeria tenía marcas oscuras.
Moretones.
Como si alguien la hubiera sujetado con fuerza.
Además, debajo de sus uñas había pequeños rastros de sangre seca.
No parecían heridas del accidente.
Parecían señales de lucha.
Mateo levantó lentamente la mirada hacia Héctor.
El hermano de Valeria evitó verlo.
Y ese pequeño gesto bastó para encender una alarma aterradora dentro de él.
Durante el trayecto al hospital, la lluvia golpeaba violentamente las ventanas de la ambulancia. Los paramédicos trabajaban sin descanso para mantener estable al bebé mientras Mateo sostenía la mano helada de su esposa.
Entonces recordó algo.
Dos noches antes del accidente, Valeria había despertado llorando en mitad de la madrugada.
“Si algún día me pasa algo… no confíes en mi familia”, le había susurrado.
En ese momento él creyó que era estrés por el embarazo.