Nadie en Cuervo Negro pronunciaba el nombre de Gael Varela después del anochecer.
No por respeto.
Por miedo.

Decían que el Rey Alfa no dormía desde hacía casi un año. Decían que su lobo caminaba despierto dentro de su piel, arañándole los huesos, rompiendo muebles, desgarrando puertas, haciendo temblar a los soldados más viejos de la frontera. Decían también que ninguna mujer podía permanecer cerca de él una noche completa sin perder algo: la voz, la razón o la vida.
Por eso, cuando Belén Téllez despertó sobre su pecho, con el uniforme gris manchado de sangre y cuarenta lobos arrodillados ante ella, la fortaleza entera entendió que algo imposible acababa de ocurrir.
Belén no había nacido para coronas.
Había nacido en una casa de adobe, donde el viento entraba por las rendijas y el hambre se sentaba a la mesa antes que la familia. Su padre debía dieciocho meses de renta, cuatro costales de maíz y 7,200 pesos que nunca pudo juntar. La madre tosía sangre sobre un pañuelo viejo. Sus hermanos miraban las ollas vacías como si rezaran para que apareciera algo dentro.
El recaudador llegó una tarde sin levantar la voz.
Traía una libreta negra.
No amenazó con cuchillos. No rompió muebles. No gritó.
Solo abrió la libreta, mojó la pluma y miró a Belén como se mira un animal en venta.
—Una loba joven vale más que todos tus animales juntos.
Belén esperó que su padre dijera que no.
Esperó que su madre se levantara aunque le temblaran las piernas.
Esperó que alguien golpeara la mesa, que alguien llorara, que alguien la abrazara.
Pero el silencio llegó primero.
Y el silencio la vendió.
Tres días después, la dejaron frente a la Fortaleza de Cuervo Negro. Era una construcción oscura, clavada entre montañas secas, con torres altas y ventanas estrechas. El viento silbaba entre los muros como si alguien estuviera llorando detrás de la piedra.
Dalia, la jefa de servicio, la recibió con un manojo de llaves colgando de la cintura y una mirada que no ofrecía compasión.
—Aquí no vienes a sufrir bonito —le dijo—. Vienes a obedecer.
Le entregaron un uniforme gris, una cama angosta, una cubeta, trapos, jabón áspero y una lista de pasillos que debía limpiar antes del amanecer.
Luego Dalia señaló una puerta al fondo.
—Nunca cruces al ala oeste.
Belén no preguntó.
Pero esa noche, mientras lavaba sábanas con manchas oscuras que no salían ni con agua hirviendo, Teresa, la lavandera, se inclinó hacia ella.
—Ahí vive Gael Varela.
Belén siguió tallando.
—El Rey Alfa.
Teresa miró hacia la puerta antes de bajar más la voz.