También aprendió que todos temían más a Verena Alcázar que a muchos soldados.
Verena llegó desde Monterra con vestido azul, joyas de plata y una sonrisa demasiado tranquila. Entró a la fortaleza como si ya le perteneciera. Saludó a los comandantes, miró los retratos de los antiguos alfas, pasó los dedos por las mesas, midió las ventanas, las puertas, los sirvientes.
Especialmente a Belén.
La primera humillación ocurrió en el salón principal.
Belén estaba limpiando el piso cuando Verena dejó caer una copa a propósito. El cristal se partió cerca de sus zapatos.
—Recógelo, criada.
Belén se agachó.
Verena pisó un fragmento justo cuando Belén iba a tomarlo. El vidrio se le hundió en la palma.
La sangre cayó sobre la piedra.
Verena sonrió.
—Una loba vendida no sangra distinto de una perra.
El salón se quedó sin respiración.
Rodrigo Varela, beta del rey, estaba cerca de una columna. Cerró los ojos como si hubiera oído algo que no podía desoír.
Belén levantó la mano herida.
—Si quería mi sangre, pudo pedirla. Aquí todo parece comprarse.
Verena inclinó apenas la cabeza.
—Qué lengua tan valiente para alguien que su padre cambió por maíz.
La frase cayó más hondo que el vidrio.
Pero Belén no bajó la mirada.
—Y qué corona tan desesperada para alguien que necesita humillar sirvientas para sentirse Luna.
Nadie se movió.
Verena no respondió en ese momento.
Solo sonrió.
Esa noche, Dalia esperaba a Belén junto a su cama.
—Mañana limpias el ala oeste.
Belén sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—Dijo que nadie podía cruzar.
—Dije que no debías cruzar. No dije que Verena no pudiera pedirlo.
Dalia le vendó la mano con una tira de tela limpia. Sus dedos eran duros, pero no crueles.
—No entres a su habitación. Solo limpia el corredor. Si escuchas algo, no corras. Si él huele miedo, estás perdida.
Al amanecer, Belén abrió la puerta prohibida.
El ala oeste no parecía parte de la fortaleza.
Parecía el interior de una bestia.
Había muebles destrozados, cortinas arrancadas, marcas profundas de garras sobre la piedra. El aire olía a metal, fiebre, bosque mojado y encierro. Una charola de comida estaba en el suelo, intacta, frente a una puerta apenas abierta.
Belén supo que debía irse.
Pero miró la comida fría.
Nadie se había atrevido a acercarla.
Tomó la charola con ambas manos y empujó la puerta.
Gael Varela estaba sentado contra la pared.
Sin camisa.
Cubierto de cicatrices.