Tenía el pelo oscuro revuelto, la piel marcada por golpes viejos y los ojos dorados de un animal que llevaba demasiado tiempo sin descanso.
Belén no pudo moverse.
Él tampoco.
Durante varios segundos, solo se miraron.
Luego él habló.
—Sal.
No fue un rugido. Fue una voz baja, quebrada, peligrosa por lo cansada.
Belén tragó saliva.
—No ha comido.
Sus pupilas se afilaron.
—Sal antes de que mi lobo decida por mí.
Belén miró la cadena rota junto a la cama. Las marcas en sus muñecas. Las manos temblorosas que intentaba esconder.
Y vio algo que nadie en la fortaleza quería reconocer.
No era un monstruo buscando víctimas.
Era un hombre encerrado dentro de su propio poder.
Dejó la charola en el suelo.
—Entonces dígale a su lobo que coma también.
Gael levantó la vista.
Su respiración cambió.
No comió delante de ella esa mañana. Pero cuando Belén volvió al día siguiente, la charola estaba vacía.
Así empezaron las visitas.
Belén llevaba comida. Gael no hablaba más de lo necesario. Ella limpiaba sin acercarse demasiado. Él la observaba como si estuviera intentando entender por qué no corría.
Una noche, Belén encontró una manta doblada en el corredor.
Otra noche, un ungüento para la herida de su palma.
Después, una flor blanca sobre su almohada.
En Cuervo Negro no crecían flores blancas.
Verena lo notó.
La arrinconó en la cocina, junto al comal frío y las ollas de barro.
—¿Crees que porque te dejó una flor ya eres algo?
Belén siguió lavando.
—No creo nada, señora.
Verena se acercó tanto que su perfume cubrió el olor a café de olla.
—Las criadas que confunden compasión con destino terminan bajo tierra.
Belén apretó el trapo entre los dedos.
—Entonces tenga cuidado, señora. A veces la tierra también devuelve secretos.
Verena perdió la sonrisa por un segundo.
Ese segundo bastó.
Esa misma noche, Dalia le asignó más trabajo del habitual. Belén limpió pasillos, cargó cubetas, tendió camas, lavó sábanas, fregó sangre seca de una escalera lateral. Trabajó hasta que los dedos se le entumieron. Hasta que la fiebre le subió por la nuca. Hasta que las paredes parecieron inclinarse.
A las 11:15, llegó al ala oeste.
La puerta de Gael estaba abierta.
No apenas.
Completamente.
Él estaba de pie junto a la cama destrozada. Los ojos dorados no parpadeaban. El pecho subía y bajaba con violencia contenida. La madera del marco estaba marcada por garras recientes.
Belén dio un paso.
Detrás de ella, aparecieron los guardias.
Cuarenta lobos llenaron el corredor.
Rodrigo Varela llegó con el rostro pálido.
—No te muevas —susurró—. Su lobo acaba de elegirte.
Belén no entendió.
Verena sí.
Salió de entre los soldados como si hubiera estado esperando ese instante.
—Mátenla antes de que manche la sangre real.
Nadie obedeció.
Gael dio un paso hacia Belén.
El suelo pareció vibrar.
Belén quiso mantenerse de pie, pero la fiebre le dobló las rodillas. Cayó hacia adelante.