La piedra tembló bajo el sonido de sus armaduras.
Belén abrió apenas los ojos.
Vio a Rodrigo arrodillado con la libreta en las manos.
Vio a Dalia pálida junto a la puerta.
Vio a Verena retrocediendo, por primera vez sin máscara.
Y vio a Gael mirándola como si la maldición que lo había tenido preso acabara de encontrar una grieta.
—No la toquen —dijo Rodrigo—. La eligió.
Verena dio otro paso atrás.
Su vestido azul rozó una copa rota que nadie había recogido desde la mañana.
El vidrio crujió bajo su zapato.
Belén recordó su propia sangre en el salón.
Recordó a su padre bajando la mirada.
Recordó la flor blanca sobre la almohada.
Y en medio de la fiebre, con el oído pegado al pecho del Rey Alfa, escuchó algo que nadie en Cuervo Negro había escuchado en casi un año.
El corazón de Gael Varela empezó a latir despacio.
Como si por fin pudiera dormir.
Dalia dejó caer la llave de plata.
El sonido fue pequeño.
Pero todos lo oyeron.
La llave quedó sobre la piedra negra, junto a una gota de sangre de Belén y una flor blanca aplastada por una bota.
La puerta del ala oeste seguía abierta.
Y detrás de ella, por primera vez, no parecía una jaula.
Parecía una tumba esperando al verdadero culpable