La criada vendida por maíz que hizo arrodillar a cuarenta lobos del Rey Alfa

No por reverencia.

No por miedo.

Por agotamiento.

Gael llegó antes de que su frente tocara la piedra.

La sostuvo contra su pecho.

Con cuidado.

Con una delicadeza tan extraña en alguien como él que los guardias retrocedieron.

Verena dejó de respirar.

—Ella no puede ser Luna —dijo, ya sin sonrisa—. Fue vendida por su propia familia.

Gael levantó la mirada.

Sus ojos dorados se clavaron en ella.

—Entonces mi reino acaba de comprar su deuda.

El silencio se abrió como una herida.

Rodrigo, todavía paralizado, llevaba en la mano la libreta negra del recaudador. La había encontrado entre los registros que Dalia guardaba bajo llave.

La abrió.

Sus dedos temblaron.

—Mi rey… aquí está la marca de Belén. Pero hay otra.

Verena dio un paso atrás.

—Cierra eso.

Rodrigo no obedeció.

Pasó una página.

Luego otra.

Su cara perdió todo color.

—Las tres mujeres anteriores fueron registradas con el mismo sello. El sello de Monterra.

Gael se quedó inmóvil.

Belén, medio desmayada contra su pecho, sintió cómo el cuerpo de él se endurecía.

Rodrigo siguió leyendo.

—Hay pagos. Nombres falsos. Sedantes. Guardias comprados.

Verena apretó la mandíbula.

—Son mentiras.

Dalia apareció entonces en la puerta.

Tenía una llave de plata en la mano.

La misma llave que abría el archivo donde se guardaban los contratos de las mujeres llevadas ante Gael.

No pudo hablar al principio.

Solo miró a Verena.

Luego a Rodrigo.

Luego a Belén.

—Yo cerré esas puertas —dijo por fin, con la voz rota—. Pero no fui yo quien las drogó.

Verena levantó la barbilla.

—Cuidado con lo que dices, vieja.

Dalia mostró la llave.

—Usted me ordenó esconder esto.

El corredor entero quedó suspendido.

Gael bajó la vista hacia Belén. Su mano cubría la espalda de ella como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.

Rodrigo respiró con dificultad.

—Mi rey… las tres mujeres anteriores no fueron víctimas de usted.

La frase no cayó.

Golpeó.

Uno de los guardias se arrodilló.

Luego otro.

Luego otro.

Hasta que cuarenta lobos de la guardia doblaron la rodilla al mismo tiempo.