No toda.
Y eso era lo peor.
Hacía tres meses, Doña Beatriz había encontrado una copia antigua de una escritura en mi tocador. No entendió el alcance, pero reconoció el apellido Salgado. Desde entonces su crueldad cambió. Ya no era desprecio simple. Era prisa. Quería que Mauricio me rompiera antes de que yo hablara.
Por eso Paula.
Por eso la silla.
Por eso mis hijos.
Mauricio se acercó a mí con la sonrisa que usaba cuando quería comprar mi silencio.
«Mariana, amor, esto se salió de control. Tú sabes cómo es mi mamá. Tú sabes que Paula no significa nada».
Paula levantó la cara.
«¿Cómo que no significo nada?»
Mauricio ni siquiera la miró.
Ahí estuvo su verdadera cara: no amaba a Paula, no respetaba a su madre, no cuidaba a sus hijos. Solo defendía lo que creía suyo.
Sofía dio un paso al frente.
«Papá, tú dijiste que ella era nuestra mamá».
Mauricio abrió la boca.
No salió nada.
Mateo, con la voz chiquita, preguntó:
«¿Nos vamos con mami?»
Yo me agaché frente a ellos. Les limpié la cara con los dedos.
«Sí, mi vida. Pero sin correr. Nadie nos saca de una casa que también conoce nuestros pasos».
El licenciado Beltrán colocó una última hoja frente a Mauricio.
«También venimos a notificarle que mañana a las 10:30 se presentará una denuncia ante el Ministerio Público por administración fraudulenta, falsificación de información financiera y uso de menores en actos de violencia familiar. La señora Salgado cuenta con video completo de esta noche».
Rocío miró su propio celular como si quemara.
Ella había grabado todo.
Había grabado a Doña Beatriz diciendo que yo no importaba.
Había grabado a Mauricio ordenando a mis hijos llamar mamá a otra mujer.
Había grabado el «te lo mereces».
Y también grabó lo que vino después.
Mauricio intentó quitarle el celular.
Rocío retrocedió.
«Ni te acerques».
Doña Beatriz caminó hacia mí. Lenta, impecable, con las perlas quietas y la barbilla alta.
«Tú planeaste esto».
Yo sostuve su mirada.
«No, señora. Yo pagué esta fiesta. Ustedes decidieron qué mostrar en ella».
Por primera vez en todos los años que la conocí, Doña Beatriz no encontró una frase que sonara elegante.
El jazz se había detenido. Los músicos miraban al piso. Los meseros permanecían junto a la pared con charolas quietas. Uno de los invitados tosió, pero nadie volteó. Afuera, las buganvillas del patio se movían contra los ventanales oscuros.
Entonces sonó el teléfono de Mauricio.
No el mío.