El suyo.
La pantalla decía: Director Financiero.
Mauricio contestó con los dedos temblando.
Todos escuchamos la voz del otro lado porque la sala estaba demasiado callada.
«Señor Vázquez… bloquearon las cuentas. Hacienda acaba de solicitar información. También llamaron de la Notaría Pública 18. ¿Qué está pasando?»
Mauricio cerró los ojos.
El hombre que había entrado a su cumpleaños como dueño del mundo se quedó parado en medio de una mesa manchada de vino, con su amante llorando en silencio, su madre inmóvil, sus ejecutivos mirando al suelo y sus hijos escondidos detrás de la mujer a la que quiso borrar.
Yo tomé a Sofía de una mano y a Mateo de la otra.
El licenciado Beltrán hizo una señal mínima. Los abogados comenzaron a recoger copias, no los originales. Esos ya estaban a salvo.
Paula habló cuando yo pasé junto a ella.
«Yo no sabía de los niños».
La miré apenas.
«Pero viste sus caras y brindaste igual».
No contestó.
En el recibidor, frente a la Virgen de Guadalupe enmarcada que yo misma había mandado restaurar, Mateo me preguntó si su papá iba a venir con nosotros.
Yo apreté su mano.
«Hoy no».
No dije más.
La puerta principal se abrió. El aire frío de la noche entró con olor a tierra mojada y buganvillas. Detrás de mí, Mauricio gritó mi nombre una vez. Después otra. Luego su voz se convirtió en discusión con el abogado, con su madre, con Paula, con todos menos consigo mismo.
A las 11:48, salimos de la mansión.
No me llevé joyas.
No me llevé vestidos.
No me llevé los arreglos florales, ni las copas, ni los platos finos.