Las flores se habían secado sobre el piso. El café de olla seguía manchado en una taza. En la pared, la Virgen de Guadalupe tenía una vela consumida hasta el metal, apagada desde aquella noche.
Doña Teresa dejó una charola nueva frente a la puerta. No tocó. Solo la dejó ahí con una nota:
«Para Valeria. Sin tapa».
Abrí la ventana. El aire de Coyoacán entró con olor a lluvia, tierra y pan dulce de la panadería de la esquina.
Sobre la silla donde Daniel había puesto la factura, colgué el rebozo negro de mi esposa.
Debajo, en el asiento vacío, dejé la medallita abierta.
La Virgen ya no guardaba la prueba.
Solo guardaba el hueco.