Lo supimos en la Notaría Pública 18, en la colonia Del Valle, cuando un notario de manos temblorosas abrió un sobre que mi esposa había dejado años antes.
Mi esposa, Guadalupe, no era rica. Vendía ropa bordada y guardaba monedas en frascos de café. Pero antes de morir, había heredado el departamento viejo de Coyoacán de una tía sin hijos. No lo puso a mi nombre. Tampoco al de Mariana.
Lo puso a nombre de Valeria.
Con una cláusula simple: si Valeria llegaba viva a los 18 años, el departamento sería suyo. Si Valeria moría antes, la administración temporal pasaría a Mariana. Pero si Mariana era declarada incapaz, viuda o medicada bajo supervisión de su esposo, Daniel podría solicitar la venta del inmueble para cubrir gastos médicos y funerarios.
El departamento valía más de 3 millones de pesos.
Y la funeraria ya tenía un recibo firmado.
La tarjeta microSD terminó de cerrar la puerta.
La grabación venía de la habitación de Valeria, dos noches antes del velorio. Se escuchaba la voz de Mariana, baja, quebrada, escondida cerca del buró.
Luego la voz de Daniel:
—Mañana todos van a creer lo que diga el certificado.
Después Mercedes:
—A las nueve se cierra el ataúd. A las once salimos. A la una ya nadie pregunta.
Mariana preguntaba por Valeria. Se oía un golpe de taza. Luego la voz de mi consuegra, limpia como mantel recién planchado:
—Una madre dormida firma mejor que una madre histérica.
No pusieron toda la grabación frente a mí. La agente dijo que había partes para la carpeta, no para un abuelo. Yo no insistí. Hay sonidos que no necesitan entrar en la cabeza para quedarse ahí.
El certificado médico también cayó.
La clínica privada que declaró el fallecimiento no tenía registro completo de ingreso. El médico que firmó dijo primero que había visto el cuerpo. Luego dijo que Daniel le llevó los documentos. Luego pidió un abogado.
Doña Teresa declaró. Los policías declararon. La operadora del 911 entregó la llamada. El celular de mi esposa guardó las palabras exactas de Daniel cuando vio a Valeria viva y no preguntó por ella.
Daniel dejó de llamarme papá Ernesto.
En la audiencia me dijo señor Salgado, como si la distancia pudiera borrar sus dedos sobre aquella tapa.
Doña Mercedes no lloró hasta que escuchó la palabra prisión preventiva. Entonces se llevó el rosario a la boca y miró hacia donde estaba Mariana.
—Mija, tú sabes que yo quería proteger a la familia.
Mariana no respondió.
Valeria estaba en otra sala, con una psicóloga, dibujando una casa sin tapas, sin candados y con ventanas enormes.
Dos semanas después, regresé al departamento de Coyoacán con una bolsa negra del Ministerio Público. Adentro venían las cosas que podían devolverse: mi saco, la cinta rosa, los huarachitos, la factura funeraria y la medallita vacía de la Virgen.
El ataúd ya no estaba.