ACTO 1 — La viuda caminaba bajo el sol con sus siete hijos y un carrito viejo que parecía quejarse por todos ellos. Cada rueda chirriaba contra la grava, marcando el paso de una familia que ya no tenía dónde caer.
Desde la muerte de su esposo, la vida se había vuelto una fila de puertas cerradas. Antes, los vecinos saludaban desde las ventanas. Después, bajaban la mirada, corrían las cortinas y fingían no oír cuando los niños pedían pan.
Ella había aprendido a contarlo todo: las migas, los pasos, las horas de luz, las noches que podían pasar bajo techo. Dos bolsas de pan duro y una manta rota eran, ese día, todo su patrimonio.

Mateo, el mayor, caminaba detrás del carrito con la espalda demasiado recta para su edad. Quería parecer hombre, aunque sus piernas flacas temblaban con cada subida. Su madre lo veía y fingía no verlo.
La pequeña Lucía iba más cerca de ella. Había encontrado una piedra lisa y la chupaba despacio para engañar el hambre. La viuda sintió ese gesto como una puñalada silenciosa que nadie más en la carretera quiso mirar.
Su propia familia la había llamado carga. No lo dijeron una sola vez ni con una sola palabra, sino con suspiros, silencios y miradas. Siete hijos, decían, eran más de lo que cualquier casa podía soportar.
Pero para ella, aquellos siete no eran carga. Eran nombres, manos tibias, rodillas raspadas, respiraciones pequeñas en la oscuridad. Eran lo único que le quedaba de un amor que el mundo había enterrado demasiado rápido.
ACTO 2 — El sol de mediodía caía sin piedad cuando el carrito empezó a desviarse hacia la cuneta. Ella pensó que era una piedra en la rueda. Luego vio la figura negra entre las hierbas secas.