La Viuda Que Recogió A Una Bruja Y Oyó La Verdad Tras La Puerta

Al principio pareció un montón de trapos quemados. Después, una mano se movió. Los niños se detuvieron todos a la vez, como si la carretera hubiera ordenado silencio sin decir una palabra.

La anciana estaba tirada de lado, cubierta de polvo y sangre. Su ropa negra parecía vieja de muchos inviernos. Tenía arañazos en las manos, una herida oscura en la frente y los labios secos.

—Mamá… no la mires —susurró Mateo, acercándose al carrito—. Esa mujer da miedo.

Los demás niños se escondieron detrás de la falda de su madre. Lucía dejó de chupar la piedra. El aire olía a tierra caliente, sudor infantil y algo metálico que venía de la sangre seca.

La viuda miró hacia la carretera. Pasó un coche levantando polvo. Nadie frenó. Pasó otro, más despacio, con dos rostros mirando desde dentro. Tampoco frenó. La anciana siguió respirando a trozos.

Entonces apareció un hombre en bicicleta. No se acercó. Solo bajó la velocidad lo bastante para reconocerla, abrir los ojos y gritar como si estuviera advirtiendo contra un incendio.

—¡No la toquen! ¡Esa loca trae desgracia!

Después pedaleó con más fuerza y desapareció por la curva.

El aviso quedó colgado en el aire. Mateo apretó la madera del carrito. Uno de los niños pequeños empezó a llorar en silencio. Nadie quería tocar a la mujer. Nadie quería cargar con otra desgracia.