A las 11 de la mañana le hablé. “Marco, ¿van a hacer algo esta noche?” “Vamos a quedarnos en casa, papá. Compramos unas bebidas, invitamos unos amigos, nada del otro mundo.” “Está bien, está bien. Feliz año nuevo entonces, mi hijo.” “Igualmente, papá. Para usted también.” No me invitó, ni siquiera dejó una oportunidad para que me autoinvitara, pero aun así decidí que iba a aparecer ahí. Era mi hijo, era año nuevo. No podía pasar el cambio de año sin abrazar a mi único hijo.
Salí de casa a las 11:50. La noche estaba bonita, cielo estrellado, ambiente de fiesta en el aire. Conforme iba caminando por la calle, veía las casas todas iluminadas, gente preparándose para medianoche, niños corriendo con luces de bengala encendidas. En la tienda de don Joaquín había gente comprando bebida de último momento. En la placita, unos jóvenes tocaban guitarra y cantaban.
Conforme me iba acercando a la casa de Marco, el corazón me iba latiendo más fuerte, como niño que va a pedir perdón al papá después de una travesura, como novio que va a pedir la mano de la novia, como hijo que va a visitar al papá enfermo. Pero era al revés. Era el papá tratando de recuperar el cariño del hijo. La calle de él estaba animada. Doña Lourdes en la banqueta con las amigas, tomando champán barato y platicando fuerte. Don Manuel lavando el coche para dejarlo bonito para el año nuevo. La familia del edificio de la esquina toda en el balcón esperando los fuegos artificiales.
Cuando llegué enfrente de la casa de Marco, me paré un rato para observar. La casa estaba toda iluminada. Se escuchaba música fuerte, risas, conversaciones animadas. Por la ventana de la sala veía las sombras de las personas moviéndose, copas en la mano, ambiente de fiesta bonito. Pensé: “Qué bueno que mi hijo está feliz, que tiene amigos, que está celebrando. Ahora voy a entrar ahí, voy a darle un abrazo y vamos a empezar 2025 en paz.”
Subí los tres escalones de la entrada, los mismos escalones que ayudé a construir cuando estaban haciendo la casa. Recuerdo que cargué cada uno de esos ladrillos en la mano, mezclé el cemento, ayudé a ponerlos en su lugar. Me paré en la puerta, respiré hondo, levanté la mano derecha para tocar y fue ahí que escuché. Clarito como el día, fuerte como trueno, la voz de Marco, que debe haber llegado cerca de la ventana de la sala en ese exacto momento.
“Gente, gente, silencio. Quiero hacer un brindis especial.” El ruido de la fiesta disminuyó. Escuché el sonido de copas chocando, gente acercándose. “Un brindis por el año de 2025, que va a ser nuestro mejor año sin fastidios, sin gente molestándonos, sin el viejo en nuestra vida. Que este año sea solo de nuestra familia de verdad, sin peso muerto, sin gente queriendo atención todo el tiempo.”
El grito de salud que vino de la sala fue como un puñetazo en mi estómago y ahí vino la voz de Jacqueline, animada, fuerte: “Por fin libres de ese viejo latoso. Ya no aguanto más tener que fingir simpatía hacia él. Ahora 2025 va a ser pura alegría, gente. Más risas, más brindis, más fiesta.” Y yo ahí, congelado en el escalón, con la mano suspendida en el aire, a punto de tocar la puerta. Viejo peso muerto, viejo latoso. Las palabras resonaron en mi cabeza como campanada de iglesia tocando por muertos.
Mi mano bajó despacito, las piernas se pusieron temblorosas, un dolor en el pecho que parecía infarto. La vista se me nubló, no sé si de lágrimas o de presión alta. Me volteé despacio, como si fuera un muñeco de cuerda roto, y me senté en la banqueta justo enfrente de su casa. No podía caminar, no podía pensar, solo podía sentir ese dolor que parecía que me iba a partir por la mitad. La fiesta siguió ahí adentro. Música fuerte, gente feliz, mi hijo celebrando mi inexistencia.
Sentado en esa banqueta fría, con los fuegos artificiales empezando a estallar en el cielo y las familias de toda la calle abrazándose para celebrar la llegada de 2025, algo empezó a crecer dentro de mí. No era solo dolor, no era solo tristeza, era algo más profundo, más poderoso. Era una indignación que venía del fondo del alma. 40 años de sacrificio siendo tirados a la basura por dos bocas ingratas.
A las 12:05 de la mañana me levanté de esa banqueta con una determinación que no sentía desde hacía mucho tiempo. No era enojo ciego, no era desesperación, era la certeza absoluta de que no iba a dejar que esa humillación pasara en blanco. 42 años de trabajo pesado, de sacrificio, de amor incondicional, no merecían ese desprecio público enfrente de sus amigos.
Mientras caminaba de regreso a casa, pasando por los vecinos que todavía estaban en las banquetas celebrando, con los fuegos artificiales todavía reventando en el cielo, me empecé a acordar de algo que había visto algunas semanas atrás. Estaba regresando del mercado, cargando las bolsas pesadas porque ya no tenía quien me ayudara, cuando pasó un coche de sonido en la calle, de esos coches adaptados con altavoces encima tocando música norteña bien fuerte.
El chofer se paró en la tienda de don Joaquín a comprar cigarros y lo escuché hablándole al dependiente sobre su trabajo. Dijo que trabajaba de madrugada también, que era cuando más ganaba buen dinero. Año nuevo, bodas, cumpleaños, propaganda. La gente paga bien por tocar música o hacer anuncios en horarios que otros no quieren trabajar. Madrugada de año nuevo, entonces es precio doble porque nadie quiere trabajar en el cambio de año.
Llegué a casa con esa idea martillando en mi cabeza. Me fui directo al poste cerca de la tienda, donde siempre hay tarjetas pegadas ofreciendo servicios. “Coche de sonido. Nelson, propaganda, fiesta, evento, boda, 24 horas, WhatsApp 999999.” Arranqué la tarjeta, regresé a casa. Miré el reloj de la cocina. 12:15 de la mañana. Me senté en la mesa donde tantas veces Anita y yo hicimos planes, resolvimos problemas, criamos a nuestro hijo con amor.
Agarré el celular con las manos temblando, más de emoción que de nervios. Marqué el número. “Bueno”, voz medio adormilada, medio molesta del otro lado. “¿Es con Nelson?” “Soy yo mismo. ¿Qué pasó, jefe? Está hablando tarde.” “Eh, usted trabaja de madrugada también.” “Órale, mi buen, trabajo a cualquier hora, siempre y cuando paguen bien. Madrugada de Año Nuevo es precio especial. ¿Qué necesita?”
Le expliqué que quería contratar su servicio todavía esa madrugada para tocar una grabación en una calle aquí cerca. Se quedó medio desconfiado al principio. “¿Grabación? ¿Qué tipo de grabación, mi amigo? Gente, gente, no es cosa de amenazas, ¿verdad? Porque no me meto en problemas de familia. Ya tuve broncas con eso antes.” “Qué va, Nelson. Es solo una plática, un mensaje de un papá para su hijo. Va a entender cuando lo escuche.” “Está bien, pero voy a escuchar primero, ¿eh? Si es cosa pesada, no lo toco. Mi trabajo es honesto.” “Sin problema. Puede escuchar todo lo que quiera.”
Quedamos en que me iba a recoger en casa a las 12:45 y que le iba a pagar 40 por el servicio, el doble del precio normal por ser madrugada de Año Nuevo. Mientras esperaba, me senté en la mesa de la cocina y empecé a pensar en lo que iba a decir. No podía ser muy grosero, si no Nelson no lo iba a tocar y yo, además, iba a hacer el ridículo enfrente de él. No podía ser amenazador si no podía traer problemas legales, pero tenía que ser certero. Tenía que tocar el corazón de quien lo escuchara. Tenía que mostrarle a toda la calle quién era realmente Marco detrás de esa fachada de hijo exitoso.
Agarré el celular y apreté el botón de grabar. Primer intento: “Mi nombre es Adalberto Santos. Tengo 71 años y mi hijo es un ingrato que me humilla.” Me detuve. Muy directo, muy enojado, no iba a conmover a nadie. Segundo intento: “Gente que me está escuchando, quería contarles una historia triste de un papá que dio todo por sus hijos y hoy…” Me detuve otra vez. Sonaba muy de víctima. No era eso lo que quería.
Tercer intento: “Mi nombre es Adalberto Santos. Tengo 71 años. Trabajé 42 años como electricista para darle una buena vida a mi único hijo.” Me detuve, escuché, me gustó el comienzo. Seguí: “Vendí mi coche para pagarle la universidad. Le di la mitad de mi terreno para que construyera una casa. Lo crié con amor, cariño y mucho sacrificio. Hoy, último día de 2024, vine a desearle feliz año nuevo a mi hijo. Llegué a la puerta de la casa que ayudé a construir y lo escuché brindando por un año sin el viejo en su vida. Lo escuché llamándome peso muerto, viejo latoso.”