Le devolvió el anillo en la palma de la mano y se subió al coche con nosotras.
Esa fue la última vez que la vi llorar por él.
Después de eso, todo se movió rápido.
Más rápido de lo que Diego imaginó.
El dueño del departamento donde vivíamos aceptó cambiar la cerradura porque el contrato también estaba a mi nombre. Mi primo fue conmigo por mis cosas. No entré sola.
Diego apareció mientras yo guardaba la ropa del bebé en una maleta azul.
Pasó del ruego al enojo en menos de un minuto.
—No puedes quitarme a mi hijo.
—Yo no te estoy quitando nada —le dije—. Tú fuiste quien eligió esto cuando levantaste la mano contra mi madre.
Se rió. Esa risa seca que ya me daba más miedo que los gritos.
—Nadie te va a creer lo suficiente.
Entonces mi primo, que hasta ese momento había permanecido callado junto a la puerta, levantó el teléfono.
—Yo sí —dijo—. Y el video también.
Diego no volvió a acercarse.
Mandó mensajes. Muchos.
En unos lloraba, prometiendo terapia, cambio, perdón. En otros decía que yo le había destruido la familia, que mi mamá era una metiche, que el bebé iba a crecer odiándome cuando supiera que yo “lo había dejado sin padre”.
No le respondí.
Cada vez que me temblaba la mano, abría otra vez el video de la cachetada.
No para torturarme.
Para no mentirme.
Mi mamá se quedó conmigo en el departamento de mi tía durante las siguientes semanas. Cocinaba despacio porque yo seguía sensible del estómago, y cada vez que ponía a hervir caldo, las dos nos quedábamos quietas unos segundos.
No por miedo al caldo.
Por todo lo que una olla había destapado.
Un jueves por la tarde, mientras doblábamos ropita de bebé sobre la cama, mi mamá me dijo algo que todavía me arde al recordarlo.
—Yo pensé que si aguantaba sus groserías, tú ibas a estar bien.
Me senté a su lado y le tomé las manos.
—Y yo pensé que si aguantaba a Diego, mi hijo iba a tener familia.
Nos quedamos calladas.
Las dos habíamos confundido paz con aguante.
Las dos habíamos pagado caro por esa confusión.