Una semana después me avisaron que la medida de protección había sido admitida y que Diego tendría prohibido acercarse a mí mientras avanzaba el proceso.
Lloré en la cocina, con la carta todavía en la mano y el olor a cebolla dorándose en la estufa.
No lloré de tristeza.
Lloré del puro cansancio de haber sobrevivido a algo que durante mucho tiempo llamé amor.
Paola y Fernanda también dejaron a Ernesto y a Luis.
No porque yo las convenciera. Porque cuando una mujer ve con claridad el mapa completo del peligro, ya no puede fingir que solo le tocó una esquina.
De Teresa supe menos de lo que esperaba y más de lo que quería.
Intentó buscar a mi mamá para “arreglar las cosas entre mujeres”. Luego quiso mandarme una canastilla para el bebé, como si unas sabanitas nuevas pudieran tapar la mano de su hijo.
La rechacé sin abrirla.
Ya no quería regalos de una casa donde el cariño siempre llegaba después del daño.
Hoy sigo embarazada. Sigo asustada a ratos. Sigo aprendiendo a dormir sin sobresaltos.
Pero ya no estoy atrapada.
Y eso, para mí, ya cambió todo.
El martes tengo la primera audiencia, y por la forma en que Teresa ha empezado a mover gente a su favor, sé que esto todavía no termina.