— Ya basta con ese drama.
— Por eso hizo dos testamentos.
Doña Patricia frunció el ceño.
— ¿Dos?
— El primero ya lo conocen —dije—. Ese en el que todo pasaba a mi nombre.
Alejandro levantó una ceja.
— ¿Y?
Lo miré directamente a los ojos.
— El segundo entra en vigor solo en dos casos.
El silencio se volvió aún más pesado.
— Si mi esposo solicita el divorcio por su propia iniciativa… o si se demuestra que ha malgastado el patrimonio familiar.
Alejandro soltó una carcajada.
— ¿Y eso debería asustarme?
— No —respondí—. Solo significa que las cosas ya cambiaron.
Doña Patricia se incorporó.
— ¿De qué estás hablando?
Respiré con calma.
— En el momento en que dijiste delante de todos que querías divorciarte… ese segundo testamento entró automáticamente en vigor.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Alejandro entrecerró los ojos.
— ¿Y?
— Y eso significa que la casa, el departamento en Polanco, la empresa y todas las cuentas bancarias… ya no están a mi nombre.
Doña Patricia sonrió con malicia.
— Así que al final te quedas sin nada.
Negué con la cabeza.
— No.
Miré a Alejandro con serenidad.
— Todo fue transferido al nombre de mi hijo Diego.
Alguien dejó caer su vaso y el sonido del cristal rompiéndose resonó en el suelo.
Alejandro se puso pálido.
— Eso es una broma.
— No —dije con suavidad—. Es la ley.
Dio un paso hacia mí.
— Estás mintiendo.