Mi padrastro me hacía daño casi todos los días para divertirse. Una noche, me rompió el brazo, y cuando mi madre me llevó de prisa al hospital, le dijo con calma al personal: “Solo se cayó por las escaleras.” Pero en el momento en que el médico notó los moretones en mi rostro y las marcas alrededor de mi cuello, salió en silencio y llamó al 911.

PARTE 1

“Se cayó por las escaleras”, dijo mi mamá, mientras yo sostenía mi brazo roto y trataba de no desmayarme del dolor.

La enfermera del Hospital General de Puebla la miró con duda. Yo tenía dieciséis años, el labio partido, un ojo inflamado y marcas moradas en el cuello que no parecían de ninguna caída. Mi mamá, Laura, sonreía como si estuviera explicando una travesura de niña torpe.

“Es muy distraída”, agregó. “Siempre se anda pegando.”

Yo no dije nada.

No porque no quisiera hablar, sino porque Ernesto me había enseñado que hablar costaba caro.

Ernesto no era mi papá. Era mi padrastro. Para los vecinos de la colonia era un hombre amable, de esos que saludan con palmadas en la espalda, llevan pan dulce los domingos y se ofrecen a arreglar la bomba de agua. Todos decían que mi mamá había tenido suerte de encontrar a un hombre trabajador después de quedar viuda.

Pero dentro de nuestra casa, Ernesto era otro.

Llegaba oliendo a cerveza, con la camisa manchada de cemento y una sonrisa torcida que me helaba la sangre. No necesitaba razones. A veces me golpeaba porque lavaba lento los trastes. Otras, porque cerraba la puerta muy fuerte. Una vez, porque no le contesté. Otra, porque sí le contesté.