—Esa niña inútil no merece un cuarto tan grande; desde hoy se va de aquí.
Eso fue lo que escuché de fondo cuando mi hija Renata me llamó llorando desde nuestro departamento en Querétaro.
Yo estaba en una junta en el despacho contable donde trabajo, revisando estados financieros de un cliente, cuando mi celular vibró tres veces seguidas. Renata tenía 12 años, era tranquila, responsable y jamás me llamaba si no era algo grave. Ese día no había clases por consejo técnico, así que se había quedado en casa dibujando y viendo películas.
Contesté de inmediato.
—¿Renata? ¿Qué pasó?
Del otro lado solo escuché su respiración cortada.
—Mamá… ¿por qué ya no voy a vivir aquí?
Se me congeló la sangre.
—¿Qué dices, mi amor? ¿Quién te dijo eso?
—La abuela Carmen está aquí… y la tía Patricia también. Trajeron cajas. Dijeron que la tía se va a mudar porque está embarazada otra vez y necesita mi cuarto para el bebé. La abuela me dio una bolsa negra y dijo que metiera mi ropa rápido.
Mi suegra entró con llave de emergencia, quiso echar a mi hija de su cuarto para el bebé de su hija, y cuando mi esposo dijo “esta casa no es mía”, toda la familia se quedó helada