Me levanté tan fuerte que la silla golpeó la pared. Todos en la sala de juntas voltearon a verme.
—Renata, escúchame bien. No metas nada en esa bolsa. Ve a tu baño, cierra con seguro y no les abras.
—Pero la abuela dijo que papá ya había aceptado… dijo que la casa es de su hijo y que tú no mandas.
Sentí una furia seca, caliente, subir desde el estómago hasta la garganta.
Mi suegra Carmen llevaba años tratándome como una invitada incómoda en mi propio matrimonio. Para ella, su hijo Andrés era perfecto, su hija Patricia era una víctima eterna, y yo solo era “la contadora con suerte” que había atrapado a su niño. Patricia, por su parte, vivía endeudada, embarazada de su cuarto hijo, peleada con su esposo y convencida de que todos debíamos rescatarla.
Pero entrar a mi casa, asustar a mi hija y decirle que ya no pertenecía ahí era algo que yo jamás iba a perdonar.
Salí del despacho sin pedir permiso. Mientras bajaba en el elevador, llamé a Andrés.
—Tu mamá y tu hermana están en el departamento —dije, con la voz temblando de rabia—. Están sacando a Renata de su cuarto.
Hubo un silencio helado.
—Voy para allá —respondió él.
Cuando llegué al edificio, vi un camión de mudanza estacionado afuera. Junto al elevador estaban las mochilas de Renata, sus tenis, sus libros y una caja con sus dibujos, tirados como basura.
Encima de la caja había un papel escrito con plumón rojo: “Cuarto del bebé”.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
Mi suegra entró con llave de emergencia, quiso echar a mi hija de su cuarto para el bebé de su hija, y cuando mi esposo dijo “esta casa no es mía”, toda la familia se quedó helada