PARTE 2
Subí corriendo los cuatro pisos porque el elevador tardaba demasiado. Cuando abrí la puerta del departamento, encontré la sala invadida por cajas, cobijas ajenas y una carriola vieja. Patricia estaba sentada en mi sillón blanco, sobándose la panza con expresión de reina ofendida, mientras mi suegra Carmen daba órdenes como si estuviera repartiendo una herencia. —No rayen la mesa, esa sí nos sirve —decía Carmen—. Y saquen esas cosas de niña, ocupan mucho espacio. —¿Dónde está mi hija? —grité. Carmen ni siquiera se sobresaltó. Me miró de arriba abajo, con esa sonrisa fría que usaba en las comidas familiares. —En su baño, haciendo drama. Qué sensible la hiciste, Mariana. Solo le pedimos que empacara. Fui directo al pasillo. Renata salió apenas escuchó mi voz y se lanzó a mis brazos. Estaba pálida, con los ojos hinchados y una bolsa de basura medio llena de ropa en la mano. —Me dijeron que si lloraba era porque era egoísta —susurró. La abracé tan fuerte que sentí sus hombros temblar contra mi pecho. —Nadie te va a sacar de aquí. Nadie. Cuando regresé a la sala con Renata detrás de mí, Andrés ya estaba en la puerta. Su camisa venía arrugada, el cabello despeinado, y tenía esa expresión que solo le había visto una vez: el día que Renata estuvo internada por neumonía.
Mi suegra entró con llave de emergencia, quiso echar a mi hija de su cuarto para el bebé de su hija, y cuando mi esposo dijo “esta casa no es mía”, toda la familia se quedó helada