—Saquen todo —dijo. Patricia soltó una risa incrédula. —Ay, Andrés, no empieces. Mi renta subió, ya sabes que Rodrigo casi no ayuda, y tú tienes este departamento enorme para tres personas. Mi bebé también es tu familia. —Mi hija también —contestó él. Carmen se adelantó con los brazos cruzados. —No seas malagradecido. Te dimos la vida. Además, esta casa es tuya. Si tú quieres ayudar a tu hermana, Mariana no tiene por qué oponerse. Ella solo vive aquí porque se casó contigo. Yo iba a responder, pero Andrés levantó una mano. No para callarme, sino para detener la tormenta. —¿Con qué llave entraron? Mi suegro, Ernesto, apareció desde la cocina cargando una caja de platos. Tenía la cara roja. —La que nos dejaste para emergencias —murmuró—. Tu mamá pensó que… —No era una emergencia —dijo Andrés—. Era un abuso. Patricia se levantó de golpe. —¡Abuso es dejar a una embarazada sin ayuda! ¡Renata puede dormir con ustedes! Es una niña, se adapta. Mi bebé necesita estabilidad. Andrés sacó el celular. —Tienen cinco minutos para sacar sus cosas o llamo a la policía. Carmen se rió. —No te atreverías. ¿A tu propia madre? ¿Por culpa de esta niña berrinchuda y de tu esposa? Entonces Andrés la miró con una calma que me dio miedo. —Mamá, antes de hablar de lo que crees que es tuyo, deberías saber algo. Carmen frunció el ceño. Andrés respiró hondo y dijo: —La casa en realidad nunca fue mía. Y por primera vez, vi cómo mi suegra se quedaba sin palabras…
Mi suegra entró con llave de emergencia, quiso echar a mi hija de su cuarto para el bebé de su hija, y cuando mi esposo dijo “esta casa no es mía”, toda la familia se quedó helada